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viernes, enero 16, 2009

Náufrago en este frío invernal
Me dejo llevar por la marea de extraviados por las calles
bajo un cielo gris de smog y vientos traídos por Mam.
El dolor se filtra por los huesos.
Huérfano,
envidio al loco hurgando en la basura no sé que papeles,
sin temor,
sin frío,
con mucha hambre
y suficientes pasos para calentarse el estómago.

La sonrisa de esa anciana en la sala de espera entibia el alma,
la mueca en el rostro de todas las abuelas.
Me dan ganas de tejer chambritas que calcen con la tristeza.
Esta ciudad parece más deprimida de lo que siempre ha estado.
Y la eterna paranoia
arrastrando a la gente a no se qué perseguidas avenidas.
y entonces suavecito llueve, como no queriendo la cosa.

No volveré a salir a caminar sin calcetas.

viernes, octubre 17, 2008

La maestra en el putero.

¡Muy buenas tardes! estimadas amigas, acérquense, estamos listas, las estamos esperando, que no haya cabida pa' la pena, no se a-pene, la curio-SIDA-d solo mató a unos gatos, no a todos, a los más despistados, a los que no se acercaron. Pásale marchanta, acérquense mis mujeres engañadas, damitas de la vida galante,mis niñas, muñequitas sintéticas, ándale mamacita, comadre, véngase pa'ca, acerque su silla, que no le cuenten, que no le digan, aquí la maestra les tiene innovadores conocimientos traídos desde las profundas (¡ay que rico!) aguas del río jordán, recomendaciones esotéricas de los más grandes (¡ouch!) chamanes de catemaco, desde las cavernas donde se le apareció la virgen de Fátima al santo padre, hartas horas de apasionado estudio, invirtiendo largas -como las vergas empeluchadas que tanto le gusta a su (sexo)servidora- de quemarse las pestañas enchinadas y bien pintadas, pá' traerles este humilde mensaje que le cambiará la vida, si señito, LA-VI-DA, así no'mas robándole unos minutos de su fina y distinguida atención, y no se maree, palabras más palabras menos, la cosa es hacerse la entendida, pare bien la oreja, no'mas la oreja no se me engolosine parando la reata de aquellos sardos de la esquina que no'más se ríen, ustedes también papacitos, acérquense, no mordemos, pero si quieres te la muerdo, del precio luego hablamos.

Mamitas, nenas, chotos aquí congregados: les vengo a hacer fiesta -tomen sus globitos- hay que ser prevenidas mis niñas, una luego luego se aloca y quiere montar a pelo, más pior cuando anda una bien briaga, así como ustedes comprenderán, a una le entra la calentura, la pasión desbordante y rebotante y cabalgante, hasta parece que se le mete a una el chamuco con su caperola roja, cabezona, babosa y sin saliva, como le gusta a la miguis Danny-daniela. Pero no se me apendejen torcidas, la cosa es con calma, usen la cabeza, no la de abajo babosa, esa sólo la traes de adorno.

Mis niñas, necesito una voluntaria, a ver tú, la vestida de ahí pásele mi reina, ándale, te prometo que no te va a doler, y si te duele te aguantas cabrona muerde almohadas. Amigas, cuando estén echándose el caldito sabroso, la antesala a la cogida, al sodomita gozo, asegúrense de andar trayendo sus condones consigo, sus salvavidas en mano. Mas vale condón en la mano que pájaro no forrado. ¿Traes condón mamita? ¡ya ves babosa! ¿a poco así pensabas echarte un palito con los sardos desgraciada? luego porque salen premiadas, ten, guárdate este, no, no lo guardes en la cartera, ¿no ves que lo rompes con tus nalgas aguadas? guárdalo en una condonera, el chiste es que no desgastes el látex, el hulito pues, hulito dije no culito ese de por sí ya lo traes bien desgastado. ¡Ándale! así chiquita, ya ves como no eres mensa, no'mas te haces maje.

Todavía no te vayas, no'mas prendes el bolier y no te bañas, a ver enséñame como te lo sacas, ¿que haces bruta? ¡sacar el condón! ahí a tus comadres, enséñales la forma correcta pa' abrir el paquetito. No le encajes la uña, tampoco el colmillo zorra, ¡áñeñe! con las yemitas de los dedos, despacito, con cuidado, y a ver si para mañana te cortas esas uñas loca, porque aunque a tu marido le guste que le arañes la espalda, ya ves que son re'malas pa' forrarle la mazacuata a tu mayate. Ya puedes sentarte mana, un aplauso pa' la compañera talonera.

Amigas, aquí les traigo sus suenos hechos realidad, miren no´mas la majante verga de hule, la vudú dick la llaman, pero que barbaridá, hasta acá me salpica el agua de sus canoas salivantes, quien va a ser la primera, quien dice yo. Ándale tu mamita, se ve que todavía aprietas. Pasa a enseñarnos como lo haces. Enmicame la verga. Ya golosa, la de hule. 'Irala está bien parada, dale un besito no seas tímida, besito te dije golosa, ¿como se te ocurre llenarte la bocota sin el plastiquito?. Evita usar las uñas, con el empeine de los dedos, con una mano apachurra la capuchita, que no le quede burbujitas de aire, eso así, hasta los huevos, si, así hasta abajo, no vaya a salirse en plena faena y luego con qué disimulo te sacas el hulito del fundillo.

Y abusadas las perras lecheras. Con el plastiquito la leche se queda afuera, le haces un nudo así, y ven, no se les tira. Directo al bote de la basura. Aguas de andar tomando leche bronca, ¿de chiquitas no les dijeron en el rancho que la leche sin hervir no es buena?. Hay unos bichitos en la leche y en la aguita que le sale a tu marido de su chile cuando anda caliente, no se ven por mas bizcos que hagas. Vamos a imaginar que estas cucarachas de mentis son el virus de la inmunodefiencia humana, el mentando VIH. ¿Qué han oído de ese virus?. Ajá, ¡ah! ¡muy bien!, eres una loca ilustrada, sí, sí, ¿y cómo se contagia?. No babosa, por saludarse, ir al mismo baño o compartir la comida no te vas a infectar. Acuérdense, ¡por coger sin condón!, aunque sea con tu marido, aunque lleves años parchando con el mismo mayate hay que protegerse, aunque no'mas sea un guaguis. Todos los hombres son iguales. Pinches viejos putos.

Amigas, yo me paso a retirar, otro día les traigo otras clases, espero que me hagan caso, y si un día me ven en la calle, hagan como que ni me conocen, no vaya a pensar la gente que soy joto. Y no me aplaudan, mejor llévense estos condones y regálenlos a quien mas (des)confianza le tengan: ya ven que por fiadas mis amigas terminaron en la cama de piedra. Buenas tardes.



sábado, octubre 04, 2008

Angelus.

A esa hora, parecíamos barras de mantequilla derretidas por el sol. En un hastiado vaivén, los periódicos se movieron como improvisados abanicos. Alguno se atrevió a sacudir el sombrero. Una docena de moscas en frenético celo surcaban los cielos: urgente percusión, lasciva, amorosa.


Ella permaneció impasible. Mucho tiempo atrás había renunciado al mundo y a vivir en la carne. Los pares de antebrazos formados con los pasajeros sentados en el oxidado microbus para ir al pueblo, resbalaban a penas si se rozaban lubricantes de sudor: la mejor marinada para las carnes. Y el tiempo transcurrió lento, irritando los humores por el contacto de cuerpos mantecosos, esas pieles ajenas, corrosivas, ultrajantes, horrorosa forma de exponerse a las secreciones corporales.


Menudita como una flor madura, se encogía hundida en los pliegues de su vientre estéril, marchito, fatigado de tanto parir crías y de eternas noches de insomnio por la llegada del marido alto sentido del deber. Tantos hijos como veces fueron aquellas en que ese arrugado cuerpo la cubrió para cumplir con las responsabilidades maritales. Y sin embargo, todo parece un sueño, un recuerdo borroso, suprimida consciencia de haber sido casada a la fuerza, por el miedo que tenía de desobedecer a su padre, un hombre de por sí muy violento. Negada al orgasmo, permisiva para el ardor masculino, rutinario, lejano, de miradas pedidas en el vacío, o a falta de imaginación, con la vista fija en un Cristo colgante en una pared de la perfectamente pintada pared de la habitación, vejado, levitante, alejado del mundo. Replegada en sus años, en la resignación de las voluntades ajenas, con pasos cabizbajos y de pechos hoy jubilados.


Exactamente al medio día, cuando a lo lejos se oían las campanadas del porfirista reloj de la plaza mayor, su marchita mano derecha se erigió con una insospechada velocidad para santiguarse y pronto unió sus manos en señal de oración. Masculló palabras mudas, susurró sin romper aquel silencio, sabrán dios y todos los santos su devota petición. El motor del microbus se encendió. "-Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos, librarnos señor nuestro. En el nombre del Padre..."


De entre su canasta pletórica de frutos, verduras, leguminosas, carnes y encarguitos de la vecina, urgó con manos ciegas el alimento espiritual, su libro de oraciones atado a un rosario. Leyó las palabras del niño perdido en el Templo (en todos los días fugitivo). El oportuno auxilio de la virgen del Socorro la hizo entrar en un trance que la fue llevando a un paraíso que nosotros los infieles ni siquiera imaginamos.


Fingió leer, sincronizando las memorizadas oraciones con las notas del "Angelus", salidas del cronómetro del tiempo desvaneciéndose en el espacio como su voz. En el crecendo de aquel himno, se llenó de gracia, María respiraba en ella, se alimentaba de ella, humilde servidora, constricta de corazón, imitando las virtudes de las santas desde el momento en el que el llamado a servir apareció en sus tiernos años, cuando se le revelaron los inescrutables designios del Señor. Sacerdotista Marista ordenada por el Santísimo.
En la sombra enjuagó muchas veces las amargas lágrimas de los santos, flacos ante las tentaciones del Maligno, abatidos en la diaria batalla: "-oren para que no caigan en la tentación". Otras veces salió con la espada de la fe catequizando cada ocaso a los impuros, en ellos veía perdido a Jesús invitados a participar en la concupiscencia, preciso era conducir a los extraviados ante el Sumo Sacerdote. Mayugar la cabeza de la serpiente. Negación a la vida y a la anhelada resurrección de los santos.
Con el trajineo del camión, María se fue durmiendo, el libro de oraciones cayó en el momento en el que un suspiro salió de su boca en el preciso instante en el que nos estacionamos frente a la parroquia del pueblo. Unas manos tibias trataron de despertarla, pero en este viaje María entregó por última vez el espíritu. Cantemos: ¡Alabado seas señor!

lunes, junio 30, 2008

Lluvia de junio.

Con la última lluvia de junio, el olor de los cedros ensangrentados impregna de heridas al viento. Entre la selva se abre paso con pies ligeros, las mudas aves observan desde los nidales y a lo lejos el crujir del río ha despertado violento, mal humorado revienta rocas, troncos, lodo y guijarros. La modorra mañana avanza blanqueando las casas.
Por el camino real reconocí su paso dispar, difìcilmente entrecortado. El cojito carga un ato de leña en su ayate viejo. Las venas de su frente se hinchan como los brazos del río que no se calla. Por su frente se ha rociado un sudor ligero y salado.
En casa su mujer aguarda con el pensamiento en suspenso. El crujir de los leños en su encuentro con el suelo le dibuja una sonrisa en los labios, ligera y frondosa como las jacarandas lo espera en la puerta, anegada de agua descenciendo de su naguas, las firmes carnes de sus nalgas en traslúcida mirada. El deseo se clava en el vientre del cojito, como una espina en su pierna mala, como dolor de animal moribundo buscando azarosamente el zacatal donde yacer fulminado. Se arrastra pues suplicante a los pies de la ingrata que no acude a su auxilio. Se mete entre sus piernas en un vaivén parecido al de su marcha, a veces despacio, a veces frenético, el vaivén de su cuerpo recorre el terreno ya conocido de aquella mujer, la pisa con fuerza, desesperado, angustiado, pero luego se arrepiente y la mancilla con paso suave, como el recuerdo de la selva donde encuentra el alimento, el combustible. Y el agua marinando sus cuerpos.
Indiferente al aleteo de las aves, el cojito ahora escucha el concierto de lluvia golpeando las hojas de los árboles en su cama. Es la última lluvia de junio, y dicen que el temporal a penas comienza.

Hicurri sagrado.

Mi Señor, mi Maestro, a tí te saludo, ante tí inclino mi rodilla, Guía sideral, Gran Sabio, Señor de los que te buscan con corazón dispuesto. Señor de lo profundo y lo lejano. He aquí que penetro en tu santuario, en tu aposento, vida y muerte se mezclan en tu seno, Señor de los desposeídos, de los humildes, de los perdidos. Tus profetas se han desvanecido, se han fundido en tí, se convirtieron el leyendas; aparecen cuando no hay consuelo para señalarnos tus caminos, impacibles.

Oh Gran Señor! tus sacerdotes vigilan desde sus madrigueras, no hacen ruido... silencio, solo el silencio reina en tus horizontes, medito, medito para encontrarte. Vengo buscando tu sabiduría, tu conocimiento, ilumíname, dame a probar tu amargo cuerpo, elígeme a mí, dame tu ajenjo, Señor, dame tus ojos, dame tu mirada, extrañas figuras bailan y se cansan; he visto tus colores, tus espíritus, ví la luz y he quedado ciego, mis labios fueron calcinados por tu sol, ya ho hay palabras en mi boca, ni sonidos, ni suspiros. El sudor es mi delicia, mi alivio, permíteme ver la perpetua hoguera de tu sabiduría, de tu gloria y tu magnificencia. Hazme pagar el precio de tu conocimiento, mi amargo Señor, espinas y cardos serán mis aliados... dolor, ¡quebrántame con tu fuego, espinos y venenos!

Señor, muco he andado mas ¿qué son las distancias? ¿qué es el tiempo? si en ti me deleito, tu santo suelo me sobrecoge, arenosas caricias previenen tu risa. Padre de mis ancestros, abrázame con tu fuego, porque solo a tí busco con sencilléz de corazón. Nuestro Señor, quien guarda los secretos de nuestro pueblo, de nuestra raza, en los gajos de tu cuerpo concentras al universo, lo creado y lo porvenir, tu escudriñas nustros espíritus y los pesas, tu revelas nuestros sentimientos, a tí nadie te engaña, tu lo conoces todo, nada hay oculto para tí, permíteme mi Señor, si te place, ahora vivir en tu infinita sabiduría, déjame ser copartícipe en la fé.

Señor del desierto, crucifica mi cuerpo entre espinos , poca cosa es la materia, ahora vivo en el espíritu. De noche entuméceme con la frialdad de tus muertos, tendido en el centro de la nada, porque encontré tu mirada, porque al mirarte se me reveló el principio cuando vivían nuestros abuelos. Señor mpio, permíteme abandonar en paz tu santo templo, déjame ir con mis hermanos Señor, y hablar de las grandezas que he visto y comprendido en tus excesos. Derramaré tu sabiduría solo a los entendidos de corazón, a los humildes, a los buscadores de verdad, a los que aún tienen memoria, a los desposeídos, a quienes en los mas oscuro de su espíritu alguna vez contemplaron tu belleza cegadora. Mi Señor, mi principio y fin, mi amargura en la boca, mi dador de vista, mi Señor de lo sencillo, a tí agradezco las bendiciones recibidas. Mi hicurri bien amado.

Carlos A. Ramos.

lunes, marzo 10, 2008

Sueño felino.

Había en la sala un aire relajado, algunos jugában a las cartas, otros miraban películas en el televisor, otros bebían mientras yo buscaba algo en qué reposar el alma. Entonces me encontré con su mirada serena, ajena al mundo y pensé en la mirada de los místicos: extravíados y atormentados por la concupicencia y la sensualidad del cuerpo, andan como si no pisaran la tierra, perdidos y errantes recorren el mundo siempre buscando, tratando de arrancarle el sentido a las cosas, busando justificar la temporalidad de sus frágiles existencias.
Nuestros ojos se engancharon, como reconociéndose, en silencio nos escudriñamos, sopesamos la tibieza de nuestras almas, nuestras soledades vagabundas, su mirada encajó con la mía, sus ojos entrecerrados por el sopor verspertino volvían a ofrecérseme profundos, distraídos, selváticos.
Le miré jugar con los periódicos, saltando de letra en letra sin disciplina ni orden aparente. Jugueteó con la textura del papel humedeciéndola.
Con sensual paso lento alcanzó el diván acomodando su silueta a la curvatura del mueble y a mi me dió la impresión de que dormía. Con la mirada le sobé el lomo, con dedos bailarines y curvilíneos bajé por su espina dorsal y su cuerpo se estremecía, se erizaba y se repegaba a mis manos, breves espasmos le devolvían la naturalidad de su postura y yo sentí que ya era mío. Sus ojos de gato se abrieron como la espesura del monte, avancé cauteloso a través de sus ojos, anduve por caminos y veredas, subí a un cerro, miré al mundo con mirada de águila, abrazé la neblina, al sol a la lluvia, me sentí vivo. Como ave anidé en los nichos de los acantilados, me posé en los árboles y mi corazón se lleno de espesura. Fuí hierba, fuí ave, un felino reposando en el campo. Soy un sueño que se construye soñando.

lunes, febrero 11, 2008

Vestigios.

Toda mi vida he sentido la extraña fascinación por los objetos que recogen la mayor cantidad de polvo posible. Suelo pasar horas contemplando la superficie de todo lo que me rodea, uno debe ser muy meticuloso y desarrollar una estóica paciencia, entonces, en el momento menos esperado, se comienza a observar en los objetos una capa delgada de puntos blancos diminutos, la gran mayoría de las veces se trata de una pelusa muy menuda. Lentamente se irá desarrollando una capa mas gruesa, polvorienta, a veces arenosa, que se endurece con los cambios climáticos hasta convertirse en una película de lodo que me tienta a pasarle el dedo y probar su seca textura con la lengua. A veces pienso que mi polvo algún parentezco guarda con el hollín. Adoro las cenizas.
Mi casa está colmada de porcelanas y figurillas de pasta, son excelentes para depositar el polvo. En cada fiesta a la que soy invitado cargo con cuanto recuerdo del evento me regalen. Las carpetitas bordadas no me sirven de mucho, se enegrecen y no dejan ver el proceso de acumulación de polvos. Los muebles de mi casa dan la impresión de ser en realidad altares barrocos del kitsh, su belleza reside no en el exceso, sino en la poesía del polvo.
Hace poco me enamoré de un maníatico de la limpieza. Cuando llegó a mi vida le permití hacerse de un espacio en mi casa. Pronto llegaron las escobas y los plumeros. Equipado con un azulado tapabocas fregó los pisos de mi habitación, con una mezcla de horror y fascinación morbosa le ví alborotar el polvo tantos años almacenados en mi. Cansado por la faena, se derrumbó en mi pecho a dormir plácidamente, como un angelito de porcelana, del que me enamoré perdidamente: pronto se llenaría de polvo.
Con el tiempo el entusiasmo de sus rituales se volvió un problema. Descubrió lo inutil de su tarea: el viento que se cuela por los resquicios de puertas y ventanas reinicia el proceso. Durante un tiempo intentó cubrir esos flancos enemigos, pero la sensación de ahogo y encierro lo persuadió de no hacerlo. Ya no sonreía, ya no dormía con facilidad, muchas noches presentí su insomnio, su impotencia. Con el paso de los años se rindió, dejó de luchar contra el polvo que yo amo, un tiempo todavía se quedó conmigo a observar las gruesas capas de arenas, de organismos pulverizados, de años muertos, que nos comenzaron a cubrir.
Ya no recuerdo si un día fastidiado se marchó, o si el polvo que llegué a acumular lo ahogó en alguna pieza de lo que queda de mi hogar. Los vientos soplaron con mas fuerza en los últimos tiempos. De mi historia recuerdo muy poco, las tolvaneras a veces dejan al descubierto las ruinas de mi vida, aquí y allá aparecen los objetos que solía amar, quien desea indagar en mi pasado tendrá que acercarse con curiosidad científica, con la paciencia de los arqueólogos, se hará conjeturas de quien fuí, de mis curiosidades, de mi forma de vivir, a partir de los vestigios mudos que me sobrevivan, recreará mis amores, mis conversaciones, mis promesas rotas, mis necesidades sepultadas por una pasión inocentemente letal.

Dedicatoria escrita en una maceta.

Esta flor que miras pronto morirá, se marchitará su belleza, dejará la maceta vacía y en su lugar, la promesa de una nueva flor, de otras bellezas, el recuerdo se desvanecerá, nada, vagedad, imagen carcomida por el tiempo. Procura cuidar tu nueva flor, resguárdala del insolente sol, abrígala en tu cama, y cada tercer día, aliméntala con agua. Que tu flor permanezca para siempre, para siempre.

jueves, octubre 25, 2007

Canto a la vida.

Me he mirado al espejo y desperté. Me reconocí en la imágen reflejada sobre esa empañada y polvorienta superficie brillosa porque al mirarle a los ojos emergió tímida mi apesumbrada alma (su habitual nostalgia parecía emanar por los ojos9. He visto mi rostro desfigurado, putrefacto, envejecido, enmohecido, con las cuencas de los ojos desbaratadas, mechones aquí y allá sin ningún orden en específico, los dientes asomando, los labios hinchados. Donde antes había lozanía, suavidad y pulcritud hoy amaneció lo nauseabundo, lo putrefacto, lo descompuesto.Y me gustó mi rostro nuevo.

Desde hoy echo fuera de mí toda hipócrita vanidad. Dejaré escalar por la cima de mi frente a la calvicie, dejaré que invisibles ganados pasten a tavés de la cabellera, llamaré a los piojos, a los ácaros, a las moscas ávidas de un nido seguro para sus bástagos. Odiaré los shampoos, los jabones perfumados, las peinetas, las tijeras infames: castrantes represoras de mis rebeldes cabellos.

Jamás disimularé el hedor de mis secreciones, las aspiraré gustoso, a placer, aprendiendo a convivir con el añejamiento de mis sudores, de mis gases, del semen reseco, de la saliva amarga, pastosa y sincera. La verguenza huirá ruborizada de este cuerpo que acepta su decadencia, que le extiende los brazos fraternos a las edades, a los tiempos, al envejecimiento, a la suave muerte: compañera, amada mía, yo quiero sentirte mas cerca, llámame al oído, revélame verdades crudas, horrorízame con visiones, enchíname el pellejo con tu gélido hálito.

Permitiré a mis carnes caerse, desparramarse y dejar como la fruta, esperar a que un tono amarillento o verdoso o violeta las decore, seré lienzo putrefacto, arte efímero, oda violenta a la vida, porque tú, él, los otros, espectadores de la vida, no han aprendido a amarla. No rehuyas de ella, permítele germinar en tí, extenderse por tu cuerpo, encenderse de verdad, ¡inceneremos nuestros conocimientos fatuos, nuestro orgullo desmedido, nuestra vanidad banal en la hoguera de la certeza mortal!

Le permitiré a mi abultado vientre florecer como un capullo, estallar en un fermentado festín para los gusanos convocados, ¡acérquense hermanitos, apresuren sus pasos al convite, nútranse de mi, los jugos están prestos, la carne ha sido cortada, la orgía dispone!

Vida, ven a florecer en mí, blánquea mis huesos, despojame las carnes, la grasa, la sangre y encuentra profundidad, trae contigo al gusano, a la mosca, al roedor, a los invisibles convidados, ábrete paso en mi, a través de cada poro, de cada hoyo, cava en mi piel, reviéntame, fertiliza el campo donde descasen mis despojos, extiéndete aun mas allá, pulveriza mis huesos, invita al viento, espolvoréame por el mundo, permíteme seguir viviendo de otro modo, en otro tiempo.

Amanecí inmortal. ¡cuánto amo la vida!

jueves, octubre 11, 2007

La tumba.

Despuntaba el alba camino a la milpa. El temporal había sido bueno, abundantes lluvias reverdecieron los plantíos, altivas matas de maíz se levantaban mirando al cielo, como antiguos monolitos semienterrados en la tierra, mudos testigos del ciclo de la vida. Su fiel compañero hurgaba aquí y allá los rastros del tlacuache, de las liebres, de los hurtadores pasos ajenos que acuden cuando la noche está quieta. Laborioso se fue alejando con su alegre trote habitual.



En su mirada se concentraba el tierno verde mientras una sensación de orgullo se le formó en el pecho en forma de un vuelco del corazón. La amenaza de sequía le había quitado el sueño de interminables noches y esa mañana sus marchitas esperanzas semejantes al quelite se renovaban. La gente de razón se había equivocado, con todas sus letras y estudios, con toda su ciencia, no habían sido capaces de adivinar el clima, se han olvidado de las nubes, de la dirección del viento, del color de la luna, de la pequeñez de las hormigas, se olvidaron de observar el transcurso del tiempo. Todo lo quieren rápido, no tienen paciencia, no escuchan la voz del viejo.



De regreso a casa lo encontró tendido en la carretera. Ninguna lágrima escurrió por sus resecas mejillas, ninguna exclamación brotó de sus labios, antes bien su rostro endureció sus facciones. Se inclinó muy lentamente ante aquél cadáver cotidiano, ajeno al mundo sacó de su morral una soga vieja y con cuidadoso respeto, con gratitud y serenidad ató aquel cuerpo deformado en un arrebato de violencia.



Sus débiles piernas avanzaron con dificultad, se notaba el cansancio de sus huesos en su marcha fúnebre. El sol comenzó a calentar con potencia y el lodo que dejaron los recientes días de lluvia se secaba gradualmente para teñirse de rojo pardo, detrás de él un largo rastro de sangre le devolvía las fuerzas a la tierra, la involuntaria ofrenda atrajo desde lo alto, la certera vista de los zopilotes que comenzaban a planear en círculos, como un torbellino lento, pesado, mortuorio.


Cuando pasó a mi lado evitó el saludo, cavilando en sus propios pensamientos se siguió de largo y se internó en el monte que se formó detrás de mi casa, ignoro si lo hizo al azar, si ha sido premeditado, si sus pasos actuaron automatizados, o si fue el destino quien le ha traído hasta mi con los despojos de su historia. Sin pudor ni vulgares sentimentalismos desató el cuerpo inerte y sin prisa se dio media vuelta vislumbrando el retorno al camino, esta vez apoyado de una vara que le sirvió a manera de bastón, y en ese momento me pareció aún mas viejo. Desde entonces el cadáver en el zacatal se descompone en el traspatio de mis memorias muertas.

jueves, septiembre 20, 2007

Luz.

Aprendió a caminar acompañado del miedo.

Sus ojos se velaron a penas se asomó al mundo, una película blanca opacó su mirada, dos ventanitas en las que no se podía ver nada, lucesitas traviezas que no iluminan, asomarse a aquéllos ojos era semejante a intentar fijar la mirada en un foso en el que no se puede vislumbrar su fondo, ni una emoción se adivina, ningún pensamiento danzarín revolotéa en la expresión de sus ojos. El mundo se hizo siluetas, formas que se adivinaban con el tacto, sonidos que se antalogaban en una frágil mente infantil.
Condenado a depender de las manos de los otros, perfectos desconocidos de quienes se familiarizaba en el momento justo en el que su piel hacía contacto con la otredad, en un desfile interminable de tamaños, formas, texturas, olores, sonidos que de algún modo dotaban a los otros de bondad, maldad, solidaridad, indiferencia, ternura, amistad e incluso de pena que para quienes atestiguaban su caminar siempre temeroso, siempre azaroso.
Y es que aprender a andar se antoja una tarea dolorosa en todo momento. Unas manos suaves, acolchadas, mimosas, cálidas lo persiguieron en su primer marcha, pero adivinaba el terror de aquéllas manos por perderle, por dañarle, había en su tacto un dejo de nerviosa inseguridad. Andar en la vida fué aventurarse a domesticar lo desconocido, aprender a reconocerlo con mansedumbre y tanteos.
Con el tiempo resulta mas fácil dejarse conducir por otros, por aquéllos que han experimentado al mundo y han podido mantenerse en pie, se gana seguridad, ni siquiera es necesario hacer un intento verdadero por tomar la iniciativa, mucho menos tomar riesgos, se coloca la mano en otro hombro y la locomoción es casi instantánea, a veces lenta, a veces a marcha forzada, e incluso hay veces en que se avanza veloz, sin importar lo intrincado del camino, lo sinuoso no representa un desafío porque los que caminan con miedo se toman el tiempo para costumbrarse a aquello que les asusta, se tantea el terreno, se husmea el exterior con la nariz respingada y aspirando hondo, tratando de asignarle forma, color, olores, texturas y nombre a las cosas.
La saña de los años le cambiaron la textura de la piel. La lozanía de la primera infancia desapareció y apareció bajo la luz de su conciencia lo arrugado que es el tiempo, y su carácter irreversible: al despertar, se afanaba en estirar la piel de su frente alta en vano, su piel se reagrupaba, se buscaba con una inmantada fuerza. Su voz también se marchitó: la gente en el microbús dejó de regalarle monedas a cambio de un rasgeo disparejo en las cuerdas de una guitarra de segunda mano. La potente voz de su joven compañero arrancaba suspiros y tarareos incomprensibles para sus cansados oídos, esta vez trató de ponerle un nombre a ese canto pero esta vez se le escaparon las palabras.

martes, septiembre 18, 2007

Muñón.

El muñón que apareció donde antes solía haber una mano, hurga con insistencia entre los desechos, obstinado en asirse de objetos convexos, como una natural predisposición son las curvas las sensaciones que aprecia, las tiene en mucha estima, las añora con una curiosidad enfermiza.
Quizá se identifica con la basura donde suele pasar horas enteras en una rutinaria tarea de reconocer toda suerte de objetos curvilíneos, clasificarlos, atesorarlos, reordenarlos; a fin de cuentas la metamorfosis de mano a muñón lo convirtió en un despojo, ha muerto su antigua naturaleza, es pasado, es materia conservada en el formol de un estudiante de medicina. Se reconoce a sí mismo como algo que era, que tenía perfecta forma simétrica, a veces el recuerdo penumbroso de una compañera le parece un mal sueño, una ilusión pasajera, un intento de aliviarse el dolor, una amarga ironía.
El dolor es su compañero indeseable desde su nacimiento, a veces es como un vestigio, como una ligera consciencia que emerge desde la amnesia de haber sido algo, pero de quien ya no se puede saber más porque sus restos arqueológicos fueron saqueados, echados al olvido, cicatrices queloides obscurecen más su identidad. Y sin embargo cuan insoportable le resulta la sensación del gélido hierro aserruchando el hueso, el tuétano, los tendones, la ilusión.
Ese eterno frío se le mete debajo de la piel desde la temprana mañana, cuando el sereno humedece los sueños, cuando las arañas vigilan el manto variopinto que aparece en los cielos. Y si soplan los vientos del norte, se derrumba en quejidos, en escupitajos y maldiciones que estallan contra el cielo, interrogantes que demandan airadas respuestas, porque el destino de vivir entumecido de múltiples dolores lo distraen de sus cavilaciones y su mirada regresa del pasado para posarse en los analgésicos para esa ausencia que cercena al alma, ¿acaso existe el alma? ya no importa.
Y así el tiempo lo alcanza con el último escalofrío, aquel que endurece aún más las carnes, que inmoviliza la añeja curiosidad por redescubrir el mundo, en el paroxismo de su suplicio, entonces, el descenso vertiginoso, las imágenes del ser perdido, la liberación de las congojas, el suave susurro del descanso, del alivio, la calidez de las renegridas sábanas, la lluvia, el tibio olor de la tierra que se moja, la última curva a la que se aferra: la guadaña de la muerte.

domingo, septiembre 09, 2007

Resina.

Esta tarde, mientras limpiaba la casa, observé que un madero que forma parte de la pared de mi habitación sangraba, un líquido color ámbar se cristalizaba al contacto con el aire, semejante a las lágrimas.
Entonces comprendí que ciertas heridas no sanan con el tiempo. Muchos años después del trauma, aún cuando la piel pareciera sana y cicatrizada, conforme nos añejamos, las heridas pueden volverse a abrir y deshacerse de restos que en el pasado no pudieron escapar.
Las heridas que he recibido ahora que me doy el tiempo de vivir el amor, se que sanaran con el tiempo, ese viejo aliado que siempre pone las cosas en su preciso lugar, pero también reconozco que el tiempo no podrá hacer todo el trabajo. Me exige hacer mi contribución, esforzarme a sanarme las heridas, a relamerme con mi lengua salada, a concentrarme en la profundidad del dolor. Y mañana quizá, estas cicatrices vuelvan a abrir sus entrañas, vaciar la amargura, la desolación, la autocompasión. Para cuando eso suceda, quisiera que mis dolores se cristalicen en gemas de resina, y así pulirlas hasta que brillen, y atarles un cordón para colgarlas en mi cuello, y así andarme paseando por la vida con mis penas expuestas, atesoradas, abrillantadas.
Hoy amanecí con un tono amarillento en la piel. Ya casi no tengo movimiento.

martes, julio 17, 2007

Lejana Arena.

Vengo de lejanas arenas, donde la memoria de la tierra se renueva con el nacimiento del sol, con loas, con ofrenda a los ancestros, padre y madre aire, padre y madre agua, padre y madre fuego, padre y madre tierra. Porque así fue dicho desde antes, es el costumbre, así lo dijeron nuestro primer padre y madre.

Con reverencia le llamamos, la rodilla hincada acerca los tamales, el maíz que es nuestra sangre. El guaje con agua, el tabaco para que tengan contento los dioses, el pulque, la miel, el sahumerio humeante. La cera prendida para calentar al gran monstruo que duerme, que habita en las profundidades de la tierra.

así pedimos permiso, para que levanten las cosechas, que el cogollo despierte en la suave tierra, que sus brazos verdes se agiten con el viento que precede la agüita cayendo del cielo, que la seca no venga a entristecer nuestros semblantes, que no venga gusano, ningún saltamontes, que no venga el huitlacoche amoratado, que lejos se vaya la maleza,

y acontece que nuestra madre está sedienta. Los hombre se volvieron ambiciosos, se olvidaron de las enseñanzas antiguas, vivieron altivos, se olvidaron de los templos, de los señores de la tierra, se olvidaron de su lengua, sus oídos ya no entienden, no comprenden, son sordos, como sordos andan.

Se acabó la danza, el sonido de la dulce flauta se ha secado. El tambor ya no latió, los pies se han alejado, sus ojos ven visiones, siguieron a los falsos dioses, dioses blancos, pequeños dioses que engañan a los corazones, los confunde, sus muchos aires malos les arrebatan la sombra, viven siempre deseando algo que no comprenden, lejos se les va el entendimiento, tristeza y abundantes afanes pueblan sus rostros.

Abandonaron los altares, ya no prende el copal, la brasa roja ya no quema la hoja olorosa. Las manos dejaron caer el azadón, el machete, el hierro que ara, que peina los cabello de la gran madre. Solo los viejos quedaron, custodiaron las sagradas casas hasta sus huesos. Ya no hubo risa, ya no se escuchó palabra, se terminó el canto.

Pero la gran madre despierta, demanda el derramamiento de sangre, la vasija nueva, el incienso. Ella no olvida, solo duerme, y ahora es el tiempo, con el primer sol se levanta, ataviada de guerra y los pechos dulces rebosantes. He aquí que ella viene y pesará los espíritus, a los tibios de corazón los vomitará de su boca. Arrepentíos hombres necios, regresen por sus pasos, acérquense a la casa en alto, suban a los montes y hagan sacrificios, hagan votos, renueven el pacto. Sabiduría hay en estas palabras, sus oídos discernirán su derecha de su izquierda, recordaran el canto que sale del corazón, los jóvenes bailarán la danza. Se reestablecerá la abundancia, el fuego será encendido en las casas, se oirán a los peregrinos viniendo del campo, por los senderos, bajando de las laderas, por el río descenderán las multitudes, setenta veces siete se multiplicará la tortilla, el jehuite, la mojarra, la liebre.

El renegrido pavimento cubrió las flores. Los pies se llenaron de chapopote y la gran ciudad se levantó, creció hacia las cañadas, los secos ríos, la cueva sagrada. Hoy amaneció lluvioso, dicen que ya no había llovido así desde hace mucho tiempo, las aguas subieron, los vientos asustaron a las aves del cielo, los nidos quedaron vacíos. Amaneció un silencio sepulcral, tensa calma, el sol se detuvo, los perros aullaron lastimeros, su dolor crecía cada vez que levantaban sus hocicos al cielo, como queriendo olfatear lo venidero y así, sin esperarlo, sin advertirlo sobrevino la profecía, la palabra de los ancianos retumbó en los cielos.

De tajo devoró, abrió sus fauces para arrancarlo como mata tierna, lo dobló como la espiga del maíz en tiempo de cosecha, de el no quedó nada, se quebraron sus huesos, el corazón se detuvo, la sangre tiñendo de grana los labios de la gran madre, lo besó de muerte, le quitó la fuerza, le ahogó el grito para siempre. Hambrienta reclamó el sacrificio, paciencia nos tuvo y pagamos con indiferencia. Nuestra madre fue a su encuentro, ataviado de mañanas, sus ojos se posaban en lo alto, en lo lejano, mucho su corazón se llenaba de anhelos, muchacho puro de corazón, mancebo sin mancha, de carnes morenas como la tierra, de cabellera alborotada con gomas, de cuerpo afligido con penitencia, penca de maguey le traspasó la lengua, las orejas, se atavió de hierro blanco, era el gran guerrero de la tenochtitlan moderna.

Derramamiento de cosa preciosa, cosa de alta estima hubo, se reestableció el rito, se miró con ojos nuevos, se escuchó la palabra antigua, los hombres limpiaron los templos, hincaron sus rodillas. Con reverencia se levantó a los dioses, se quemó el copal, volvió el calor a los aposentos.

La ciudad duerme. Esta vez los perros vigilan.

viernes, junio 15, 2007

Las rosas.

Fue larga la jornada. El paso del tiempo siempre parece mas lento cuando se trabaja bajo el agobiante calor tropical, que en la primavera extiende su intensidad hasta el ocaso, cuando las aves vuelven a sus nidos construidos en aquella lujosa zona residencial donde el trabajaba.
Era domingo, y a pesar de haberse bañado en el pequeño cuarto de servicio donde amontonaba papeles amarillentados por el tiempo, recuerdos, un catre chillón y su poca ropa debidamente doblada en cajas de cartón, sudaba copiosamente. Por su robusta espalda escurrían presurosas y traviesas gotas de sudor directo hacia las nalgas, esquivando cicatrices, vellosidades y los pocos pliegues de una camisa azul recién planchada.

Antes de abandonar la residencia, dio una última visita al jardín, notablemente emocionado su viejo corazón daba un vuelco, en el estómago tenía la sensación de tener las tripas replegadas al abdomen y con infantil sorpresa sus pasos lo guiaron al área de trabajo donde se había esmerado toda la semana. A fuerza de tantos días de minuciosa observación de la naturaleza, su mente se anticipó a las flores que habían comenzado a vivir evocadas en sus pensamientos. Y ahí estaba el rosal, ofreciendo su color rojo carmesí a borbotones, sangrando de pigmento exageradamente, mostrando vigorosas flores ante la paternal mirada del jardinero. Y sin embargo habría que hacer un sacrificio en nombre de algo más poderoso que el prodigio de la madre naturaleza, sin titubeo se le acercó con filosas tijeras y les cortó del talle, de súbito cercenaba la belleza sin concesiones. El sonreía con ilusión, el rostro le brillaba de satisfacción.
Caminaba con aplomo, seguro de sí mismo. En su mente una femenina imagen emergía nítidamente y se posaba en sus ojos, ella le sonreía con pies ligeros, le hacía un guiño, jugueteaba con el, se escondidas detrás de las cosas mas simples, y entonces se angustiaba al perderle de vista, sufría irremediablemente hasta que nuevamente la divisaba más adelante. En su arrugada frente un salado rocío coronaba sus cejas blanquinegras. Con premura alzó su brazo hasta emparejar la muñeca en ángulo recto a sus ojos. De soslayo vio sus manos gruesas, maltratadas, viejas, y no entendía cómo es que su cuerpo disentía con la jovialidad de sus adentros.
Se acercó a un barrio donde los viejos como él sacaban a las breves aceras, sus mesas y sillas para jugar bingo. Algunos fumaban copiosamente, otros se concentraban en su partida de dominó, se oían los chistes picosos, la rabieta de la abuela que ha tenido una mala racha de suerte, los niños echándose la cascarita con una pelota ponchada. El calor crecía y no podía distinguir si era el de la ciudad o el de sus adentros.
Sobre una descuidada calle, de paredes desteñidas y carteles promocionales antiguos, llamaba su atención una entrada, donde se clavó su mirada y se deshizo su aplomo. Se detuvo en un suspiro, los nervios le secaron la garganta, comenzó a masticar una segunda menta, la primera se le cayó de la mano trémula, como si fuera un esquivo pez al que inútilmente se le apresa. Las rosas lucían radiantes.
La encontró en medio de una sonora carcajada, sentada en las piernas de un desconocido, sus impúdicas manos la recorrían lujuriosas, ebria de excitación, el delirio se le aparecía en los ojos vueltos hacia arriba, era ella todo vértigo, la ensordecedora música se le metía por los pies descalzos y la hacía caer de rodillas, alborotando sus cabellos lacios, moviéndolos con prudencia para enardecer a los mirones, sus manos jugando con sus maduros pechos y bajando hasta rozarle el sexo.
Vuelta en sí a medias, lo miró con su semblante aturdido parado en la puerta. Ofendida por aquellos ojos incrédulos y tiernos, una rabia poderosa la levantó del suelo para alcanzarlo como una bala, lo abofeteó con sus dedos de nicotina y le razgó la camisa, airada lanzó las rosas por los aires, negándole el precio de sus besos y el vino de su sangre. El la veía papaloteando como el aire, en torno suyo un huracán removía sus cimientos y el se aferraba como un árbol a sus raíces, pensaba solo en sobrevivir al desastre, apretaba sus puños, la mandíbula se le trababa para vetar las palabras.
Indiferente ella volvió a las tibias piernas que la esperaban. Ciñéndose el diminuto vestido a sus maduros atributos sonreía como si nada, una vez más canturreaba, las mismas carcajadas, el beso en el cuello, las manos solícitas sobre ella.
Con serenidad levantó sus rosas. Salió sin mirar atrás y una ráfaga de viento le revolvía el desaliñado cabello. Como pudo se recuperó las heridas. El cielo comenzó a encapotarse y en seguida soltó su llanto sobre la gente. Los transeúntes corrieron unánimes, se aferraron a los tejados y a las tiendas replegados en las aceras. En una esquina, el viejo jardinero la esperaba como un adolescente, y miraba cómo sus rosas empezaban a marchitarse como su arrugado corazón.

sábado, junio 09, 2007

Crónica de una ruquéz anticipada.

Un par de cervezas en el recientemente descubierto bar el gran vals, nos puso a tono y nos hizo olvidar la calurosa tarde. Fuimos los primeros en llegar al teatro y la impaciencia de Tomás era evidente. Creamos una fila y nos quedamos quietecitos haciendo conjeturas de cómo podría ser el chou que en 15 minutos más estaríamos presenciando.


Súbitamente nos encontramos naufragando en un mar de vejez, cientos de adultos mayores se dispersaban a todo lo largo y ancho del lobby. El edificio se pobló de arrugas y cabelleras blancas, y a nosotros nos daba la impresión de estar en el lugar equivocado. Nos sentimos en una reunión de jubilados y pensionados, en alguna clase de manifestación de abuelitos del INSEN o en el funeral de algún viejito ilustre al que sus compañeros que conservaban aún la lucidez de la memoria, se disponían a darle el último adiós.


Nuestra juventud ahí lucía avergonzante, fuera de lugar, inexperta. Los flácidos cuerpos nos miraban con curiosidad, resultábamos demasiado contrastentes, rompíamos la homogenidad de aquella mancha vieja que se multiplicaba conforme el minutero se acercaba a la hora del espectáculo. Víctimas de la nostalgia el viejerío sonreía cuando en efecto de flash back, a la memoria penetraban los acordes de un bolero escuchado en la lozanía de los años mozos. Los saludos sucedían una y otra vez: "¿ya viste a los López? ¡no la reconocía, su viejo está igualito! ¿te acuerdas mi fino amigo, las reuniones con el doctor Hernández? recuerdo que la primera vez que lo vi en el escenario traía un traje de lino oscuro y cantaba con dolorosa voz..."


Al fin el acceso se permitió, nos acomodamos en la fila B. El escenario recreaba un Tampico inexistente, eminentemente rural, en una lancha dos maniquíes imaginaban navegar por la cuenca del río Pánuco, y sus miradas se perdían en el recuerdo de los buenos tiempos, cuando se pescaba mucho y la selva les devoraba los ojos.



El homenaje al Dr. José Sierra Flores inició con un popurrí ejecutado por la Orquesta Sinfónica de la UAT, y de allí el paseo nos llevó por los ritmos de la clave, el bolero, la música vernácula y el huapango. El evento era minuciosamente grabado por una televisora local, decenas de chalecos luminosos hablaban solos y hacían señas extrañas a los hombres escondidos detrás de las cámaras.


Luego la proyección de saludos familiares para el homenajeado, el cansancio de palabras y frases acartonadas a falta de creatividad . Nuestro entusiasmo volvió a hacerse evidente cuando Astrid Hadad apareció, metida en un vestido hecho de fieltro azul turquesa, donde una fila de barquitos de papel hacían largas expediciones seducidos por el jacarandoso canto de ésta líbanomexicana sirena. Como sombrero, otro barquito y en sus manos un plumero en forma de corazón rojo ahuyentaba los huracanados suspiros de los que como yo, ovacionábamos a la diva, la reina de la mexicanidad, el altarcito de canto y baile que en su pecho cabe.


Cantó mientras yo me peleaba con la cámara fotográfica que se quedó sin baterías, golpeándola en mis rodillas para conseguir capturar un par de imágenes. Entonces ella me miró de soslayo y creí verla sonreírse por mi desgracia, ella sabía que no podría tenerla nunca, ni siquiera en imagen, ni siquiera en papeles, ella es algo inasible, vuela en la brisa marítima, se viste de gaviota en busca de otros astilleros, ella que esconde sus amores en otros puertos y les roba el corazón a los hombres.


Sin salirse del escenario y con ayuda de un asistente se mudó las ropas, y lució un vestido hecho de paliacates con la imagen de la virgen de Guadalupe, chispeante de luces reflejadas sobre las lentejuelas. Entonces hizo gala de ingeniosidad con sus chistes políticos y el teatro se hizo carcajada.


Para su última canción sensualmente se despojó de las vestimentas y le salió lo rumbera. Tirada en el piso pensé en ella como la serpiente tentadora, la trepadora que aprieta huesos, carnes y corazón. Algo reptilineo apareció en su piel pero no le tuve miedo. Con "El Calcetín" se despidió, cabarateando, ofreciendo sus caderas contoneándose con coquetería y para nosotros el cumplimiento de un sueño se había hecho realidad.


Al concluir el evento, Tomás parecía víctima de claustrofobia, se abrió paso entre la multitud a la mala, mayugando calavéricos pies, escurriéndose pegado a las paredes, buscando el oxígeno del exterior. Cuando lo alcancé buscaba con su mirada algo en ese mar de gente, entraba y salía del edificio dando saltitos para asomarse a los rostros de la gente. Entonces apareció ella, de quien sabe qué lugar y sin que nadie se percatara, Astrid salió brevemente a firmar autógrafos, dejarse acariciar por sus admiradores, la foto del recuerdo y dos entrevistas para radio y televisión.


Pequeña de estatura, su inconfundible fisionomía sonreía a la menor provocación del flash de las cámaras, remolinos de gente joven se desesperaban en torno a ella, pensando en que su aparición,como todo astro, sería breve, pero no fue así, incluso respondió a las preguntas que se le hacían. Y yo con la cámara sin baterías, intentando capturar si quiera una foto por la que Tomás se sintiera eternamente agradecido de haberle conseguido. Ante la negativa de la tecnología nos conformamos con un disco autografiado: "Carlos y Tomás (un corazón trazado a dos líneas), Astrid Hadad.


Caminamos con rumbo desconocido por varios minutos, totalmente despistados, sin dar crédito a la experiencia de haber estado hablándole de tú a semejante mujeron. Al fin alcanzamos abordar un taxi para encontrarnos con Ronnie, Pol, y Braulio (a quien no veía desde la preparatoria) en el café del mar, un dizque lounge con un servicio deficiente. Entonces no me pude resistir a mi vicio, hablar con arrebato de cuanto migaja de tema cayera en la mesa, y saqué el orgullo por el terruño, la anécdota curiosa, el dato histórico almacenado en la memoria. Ahí comenzó la fiesta precumpleañera.


De vuelta a casa me entró la nostalgia y a lo lejos, la sinfonola del bar habitual me llamaba a gritos, me cantaba versos inútiles de ignorar, y me sentí avergonzado de haber traicionado mi andar por la zona roja de la ciudad, al haber estado en el deprimente café del mar. Mis pasos culposos se dieron prisa por entrar al camino de perdición: una cantina que antes había sido un teibol dans. Adentro, la clientela se cobijaba con la penumbra, desde las esquinas de la habitación, y totalmente cubiertos de anonimato, posaban sus ojos en las personas que ingresaban a ese agujero maloliente.


Recibí los primeros minutos de mi cumpleaños bebiendo una cerveza allí, con mi compañero de infinitas borracheras y de noches tiernas. Un séquito de travestis liderado por una bellísima hermafrodita, se turnaban para abrazarme y susurrarme al oído trilladas frases muchos años ensayadas. Un prostituto a lo lejos, alzaba su cerveza para brindar conmigo.


Nuestras conversaciones se alternaban entre una pareja de amantes mujeres, los amigos travestidos y pedazos de intimidad que Tomás y yo construíamos a ratos, cuando nos quedábamos solos, ajenos al entorno, comiéndonos con los ojos, hablando con el corazón expuesto.


El retorno a casa al día siguiente transcurrió sin contratiempos. Por la tarde había citado a los amigos a reunirnos en la cabaña. Hacía un calor extremo. Me senté en la mecedora y esperé. En la radio sonaban canciones tristes, yo enmudecía con mi cigarro. Sincronizados llegaron El poeta maldito y Manuel, entrañables amigos, agridulces vagabundos con los que me unen retorcidos y líricos lazos. A lo lejos, la promesa de una tormenta.


Y cayó con toda impaciencia, ruidosamente, airada, fría. Fueron dos horas de intermitente tormenta, de rayos surcando el cielo como la sinopsis de las neuronas. En silencio vimos escurrirse con el agua las intenciones de una nueva borrachera.


El mismo viento que llegó del norte sopló mas fuerte, se llevó a mis únicos dos amigos de casa, el festejo y un año más de vida arrancado del calendario, al que inútilmente perseguí, queriendo despedirme y mirarle convertirse en pasado.

viernes, junio 01, 2007

Fragmento de un sueño.

- ¿qué buscas amor?
- La madeja de hilo que he sido.
- ¿ y la encontraste?
- ¡La he perdido!
- ¿quién la ha tomado?
- El niño que fui antes de haber nacido.
- ¿la reconoces?
- Tiene color a tiempo y lleva fibras de mi cuerpo.
- ¿huele a frutas?
- A durazno y a libro viejo.
- ¿buscaste en el baño?
- Solo encontré mi reflejo.
- ¿estaba desnudo?
- Traía un silencio en el pecho.
- ¿le hablaste?
- Canté una canción en mi encierro.
- ¿era de noche?
- como tu cuerpo.
- ¿buscaste en mi cuerpo?
- Encontré las huellas de un muerto.
- ¿era viejo?
- Como el polvo del sueño.
- ¿pudiste dormir?
- Pensaba en tus pechos.
- ¿quieres café?
- Mejor cuéntame un cuento.
- Los amantes buscan en el silencio de los sueños, el polvo viejo que se les ha perdido.
Cantan, lloran y se ven al espejo.
Su aroma de sexo se mete en sus pechos.
Si el tiempo es un niño, regresa de noche,
si acaso es un muerto, se encuentra en tu cuerpo.

domingo, mayo 27, 2007

El galán.

El agua caía a raudales desde su rostro moreno. El espejo le devolvía la imagen de sus hinchados pómulos, sus ojos razgados y afilados como su nariz respingada y sus labios pidiendo un beso. De la bolsa trasera de su pantalón de mezclilla sacó un peine negro de plástico y con teatral galanura luchó como lo hacen los cuatreros cuando lazan vacas, de domar sus prietos pelos necios. Una sonrisa actuada se reflejaba en el enorme espejo de los baños públicos del mercado.

Con alarde se abría paso entre las abarrotadas calles, era domingo de plaza, los pregoneros de voz ronca se oían sucesivamente a su paso. Montones de marchantes desfilando entre la fruta mallugada, los charcos de agua y la despensa dispuesta a los ojos. El alboroto de colores, formas y olores no redujo su galanura, las indias suspiraban y se mordían los labios de las ganas de robarle un beso, el mas caro, el que pocas podían obtener.

Sus ojos buscaron la puerta negra de la cantina sobre la avenida. Olía a loción barata y deseo. Con una mirada obtuvo una mesa solitaria, de prisa una manos nerviosas limpiaron los rastros de cerveza sudada y colillas de cigarro. Una blanca mujer de crespa cabellera espantó al cliente ganoso de falso amor pagado, y en ese adiós se despidió de sus sueños de una vida de abundancia, de príncipes encantados, de amantes buenos y tiernos y de noches apacibles de sueño.

Con prisa salen de la cantina. Alcanzan un taxi desocupado, lo abordan sin mediar palabras, un silencio extraño los inunda, el conductor los mira por el retrovisor y los encuentra divagando en el paisaje urbano, indiferentes a las cosas que se les mete por los ojos.

La vecindad está quieta, dentro de los cuartuchos, las telenovelas han suspendido el tiempo y la respiración. Ella introduce la llave por el cerrojo y algo dentro de ella cambia, es como un ansia que escala desde el estómago hasta su pecho, hay prisa, inexplicable, ella ya debía estar acostumbrada a esa sensación, pero por alguna extraña razón eso no sucedía. Un ligero ardor muy grato le removía las entrañas. El la sigue con tranquilidad aparente y en su rostro aparecía el desprecio.

A penas adentro la toma por el cuello y la recarga con violencia sobre la fría pared, y en su espalda explotan en cascada las sensaciones en la piel de la frescura del muro, la porosidad del ladrillo y la intensidad del color deslavado. Le besa el cuello como un chupasangre, los dos jadean, los dos embisten sus cuerpos mutuamente como dos bestias, la toma de los cabellos y desliza su lengua desde el nacimiento de su cabello hasta la espalda, rompe su blusa y la toma por la espalda. De pronto, con un empujón lo manda al suelo. Escapa.

Y vuelve. Su cabeza metida en una bolsa de plástico transparente le cierra ligeramente los párpados, su rostro adquiere propiedades desconocidas, burbujas de aire le desfigura el rostro y el vaho de su respiración humedecen su boca y su sexo. El la besa y se desespera por la barrera plastificada que no le permite posesionarse de la lengua ajena, muerde en su desesperación la bolsa y del otro lado, unos labios que sangran, que tiñen de rojo un rostro.

La falta de oxígeno le hace palidecer, sus ojos miran de reojo a la muerte pero no le hace caso, quiere ignorarla, no quiere distracciones, el cuerpo convulsiona en un orgasmo, escandaloso, a gritos y unas manos arrugando los pliegues de las sábanas. Los barrotes de su cama golpean con frenesí las paredes, sus puños tensionados se desvanecen. Y el que no termina.

Cansada lo rechaza, lo mira condescendiente, con esa mirada que le devora el alma, que lo desnuda, que lo consume a nada. Y el la odia intensamente, por mostrarle su pequeñez, por encontrar al niño temeroso que se esconde en cada uno de sus gestos y en su fingida altanería de Don Juan.

El ardor de su sexo se apaga y yace tendido de bruces mirando al cielo. Y llora en silencio. Ella se levanta y desaparece. Una tímida voz le ofrece de cenar, el en penumbras la desconoce, el lugar le parece distinto, ya no se reconoce y enmudece tratando de encontrar respuesta a su vida.

Los dos vuelven a la cama sin faena. El se hace aún mas pequeño en su regazo. Su respiración acompasada se vuelve profunda mientras sienta por la espina dorsal la suave mano materna que lo protege del coco y del mal sueño. Ella en vela espanta con su otra mano los mosquitos, el mal agüero, los malos aires. Ahora duermen y ya no son tan distintos.

sábado, mayo 12, 2007

Presagios.

Detrás de los cerros
la lejana lluvia
y dios alto
haciendo fotografías
para recordar quiénes somos.
El viejo cegatón
de quien habló Sabines
ya no distingue,
su mirada ya no nos reconoce,
el suspiro de su nostalgia hoy,
es éste inquieto aire
y yo queriendo
que nos recuerde
a tí y a mí
que de veras nos mire
con sus ojos apagados
y nos levante
como el polvo de huesos que seremos
y volar,
sí, volar
entre las hojas de los árboles,
rodear al mundo con frescura
y caer en la bramura de los mares,
mecernos
en una interminable ola
erosionarnos en arena,
ser sabia tortuga,
sin envidiar el carroñero
vuelo emplumado
de la gaviota
porque un día fuimos viento
y antes de eso no recuerdo,
tal vez libre albeldrío
y lluvia de esperanzas
para un reseco corazón
que clama en el desierto.

martes, mayo 08, 2007

Todas las estrellas del cielo por un beso.

En ese entonces comenzaba a salir de mi barrio a recorrer la ciudad en bicicleta, tardes enteras descubriendo parques nunca antes vistos, plazas, tiendas comerciales, grandes avenidas, unidades habitacionales, casas residenciales y toda una suerte de espacios sorprendentes. La ciudad de pronto me pareció un organismo vivo que crecía a un ritmo misterioso y disparejo. Amaba el aire veraniego golpeándome violento el rostro.

En la Plaza de la Bandera, una extraña y moderna construcción se levantaba más allá de las copas de los árboles. Tenía forma de una cruz hundida en el piso y de pirámide desplomada cuyo interior estaba decorado con numerosos vitrales, pero que me daba la impresión de ser una nave espacial impactada en el corazón de aquél pulmón verde en la capital potosina.

En un costado de la Iglesia de la Santa Cruz, de forma inadvertida, discreta, gris y silenciosa, me percaté de una entrada que me llamó la atención inmediatamente, tal vez contagiado con el reciente espíritu de explorador urbano, o por una pasión arqueológica muchos años escondida, o incluso quizá motivado por la consabida y apremiante curiosidad, me asomé a los adentros de aquél anexo casi olvidado.

Ante mis ojos aparecieron centenares de libros obsesivamente ordenados en estantes metálicos. Vi algunas mesas con sus respectivas sillas distribuidas uniformes en una sala muy fría, en la que escazamente entraban los rayos del sol. Habían también dos personas que leían concentradas unos libros viejos (lo supe por el color pardo de sus hojas) , que solo detenían la lectura para tomar un bolígrafo y hacer anotaciones apresuradas en cuadernos muy blancos.

Alguien al otro lado de la puerta me invitó a pasar. Con pies delicados y lleno de un sentimiento eclesiástico di unos pasos al interior, ese insospechado santuario a la sabiduría de inmediato me hacía enmudecer de ignorancia. Caminé con extremo cuidado, con pasos precavidos, porque tenía miedo de que mis zapatos rechinaran en el encerado piso y los feligreses interrumpieran furiosos sus lecturas, o que la torpeza adolescente de mis piernas me hicieran ir a dar contra los estantes y vaciar las palabras de los libros por el suelo y entonces ser castigado volviendo a poner las letras sobres las páginas. Afortunadamente nada de esto pasó y pude sentarme muy lentamente en una de las sillas para observar ese enigmático lugar, y entonces en revelación súbita, recordé a mi maestra de 6o año de primaria hablándonos de la existencia de esos insólitos espacios a los que nos exhortó a sacarles provecho.

Y así lo hice. A penas recuperado del temor inicial a ser reprendido por una ruidosa aparición en la biblioteca, o de importunar a las atareadas y letárgicas bibliotecarias, comencé a desarrollar una viciosa adicción a los libros. Leía de todo, atropelladamente, enloquecido, sin una lógica predeterminada, como un prisionero al que se le ha privado de lo más básico y al que de pronto ponen ante su vista suculentos manjares. En la escuela yo era un loco.
Cierto día las señoritas (unas solteronas muy tiernas, de habla pausada y tranquila) me pidieron que me quedara a un evento que tenían preparado esa misma tarde, dijeron que el conferencista estaría charlando sobre astronomía, un tópico del que comenzaba a tener gran interés.
A la hora convenida y después de conectar muchos cables de luz a aparatos extraños y fuentes de poder, un hombrecito de mediana edad se apoderó de un micrófono, al que se aferró ansioso y se dirigió a un reducido grupo de personas muy disímbolas entre sí. Algunas tomaban posturas muy serias y nunca volteaban a saludar al vecino, los jóvenes abrazaban a sus novias con discreción y los otros niños como yo parecían forzados a permanecer pegados en sus sillas con mucha inquietud. La tarde caía y del proyector de diapositivas aparecieron sorprendentes imágenes del sistema solar, de la vía láctea y de los confines mas apartados del universo. Yo me enamoré de las nebulosas irremediablemente.
Recuerdo que cuando nos detuvimos a analizar los misterios guardados en el impenetrable planeta rojo de nuestro sistema solar, nos mostraron fotogramas espeluznantes, extensos mares de fuego y azufre me remitían a la noción que desde niño mi madre y mi abuela me habían predicado: el infierno. Las profecías cobraban cierta validéz científica y eso me daba un poco de asfixia, tanto que me estremecía.
Una tras otra las imágenes ilustrativas suponían la topografía marciana, su extinta hidrografía e ilustrativamente se teorizaba sobre sus temperaturas. Tener una idea exacta de lo que sucede en Marte era una idea muy lejana en esa época y casi imposible para el ojo humano. Nos consolaba el conferencista con promesas de tecnologías en pleno desarrollo para futuras exploraciones, el tenía informes de que otros países estaban haciendo pruebas a sus nuevas naves, y de lanzamientos secretos, pero esa información nos parecía mas un mito y una falsa promesa que prácticamente hoy nos parece inocente y boba: ya sabemos como es Marte y hasta hemos bautizado sus montes.
Mi costumbre a mirar el cielo nocturno se agravó. Las tardes nostálgicas en las que mi cuerpo comenzó a cambiar dramáticamente, eran seguidas por la vigilancia de los astros de forma ritual. Con los pesos que me ganaba empacando bolsas en el supermercado, compraba una revista especializada en Astronomía. Me aprendí las constelaciones y me gustaba encontrar a Castor y Pollux para delinear el signo zodiacal bajo el que había nacido. También presencié lluvia de estrellas, eclipses lunares y tránsitos de objetos celestes con mapa celeste en mano.
La casa de a lado, que había permanecido desocupada por meses una vez más encendía sus luces. Una numerosa familia la había ocupado con sus muebles y con un griterío ensordecedor. Las primeras semanas nos limitamos a observar a los inquilinos, nos aprendimos sus ademanes, su acento chilango, sus juegos, su andar y sus contrastes.
Pronto hicimos amistad mi hermano y yo con los niños con edad parecida a la nuestra, así que salíamos a explorar los llanos cerca del anillo periférico montados en las bicicletas de montaña, hacíamos duelos de baloncesto y yo declinaba las invitaciones a echarnos las vespertinas cascaritas para no abandonar mi pasión por los cielos.
Me gustaba subirme al techo de la casa y ver el ocaso, el sol agonizante sangraba los cielos para el asombro y la nostalgia de quien se detenía a presenciar su muerte. Entonces la tierra también moría, poco a poco perdía su calidez y se tornaba primero tibia, después fría. La aparición de las primeras estrellas coincidía con la brisa vespertina que me enchinaba la piel. Lo más cómodo era recostarse en la azotea y dejar que el pensamiento rascara inquisitivo el estrellado cielo.
Esa tarde él se animó a subir conmigo. Tenía días que me observaba abandonar la palomilla de amigos para aparecer en lo alto de mi casa. En silencio le mostraba las primeras estrellas que comenzaban a aparecer tímidas en el firmamento, el las miraba con fingido interés y nos hundimos en un silencio aún mas profundo. Siguiendo mi ejemplo se recostó en el todavía cálido techo de concreto y escuchábamos nuestro pausado respirar.
El manto oscuro de la noche nos envolvió con discreción y en esa penumbra la luz del alumbrado público nos permitía adivinar nuestros rostros. En algún momento, mientras me levantaba colocó su cabeza en mi hombro y se restregaba a mi con ansia. Su cuerpo parecía más desarrollado que el mío, el trabajo duro que su padre lo obligaba a cumplir todos los días se notaba en sus ásperas manos, bajo sus humildes ropas un cuerpo prematuramente musculado se podía sentir cuando se arrimaba a mi. Pero yo no podía dejar de mirarle a los ojos, rasgados, ligeramente ocultos por sus lacios cabellos negros.
Una nueva sensación nos recorría el cuerpo, cientas de hormigas frenéticas entraban y salían del ombligo, dificultando la respiración que se tornaba entrecortada. Una mezcla de miedo, asombro, curiosidad y placer se nos metió por la piel. Ya no tenía frío nunca mas.
Bajamos al patio trasero de mi casa donde tenía un refugio en el que me sentaba a leer y a jugar con mi perro. Súbitamente su nariz me olfateaba el largo del cuello y se perdía en el nacimiento de mi cabellera justo en la nuca. La piel se me erizaba pero esta vez de un insospechado placer. Frotamos nuestros sexos aún vestidos con curiosidad, dejándonos llevar solamente por lo placentero del tacto y lo rítmico de nuestros espasmos. Lentamente desabrochó los dos botones de mi playera polo azul y su mano se alargó prudente hasta alcanzar mi pezón izquierdo, erecto, electrizante a la caricia y yo me llenaba de expectación por la novedosa caricia que culminaba en suaves pellizcos.
La excitación en creccendo, mas convulsiones de la pelvis, manos que recorren el cuerpo ajeno temerosas, nuestros sexos humedecidos, macerados, respingantes ahogados en las molestas ropas, pugnando por liberarse de las ataduras de la moral, más que de las ofrecidas por las débiles vestimentas. Un ligero rocío cubría nuestra suave piel bajo un cielo estrellado que nos mostraba esplenderosa su vía láctea.
Su boca musitando no se qué palabras a mi oído entre ligeros quejidos, urgentes, demandantes, resolutivos. Después, la tersa piel de su mejilla palpando la mía, ondulante, repetitiva, inocente. Mi mano contendiendo su ardor, la quemazón, el amor. Y de pronto, sus labios posándose como la chupa rosa sobre los míos, a penas rozándose, recatados, tenuemente humedecidos y sin embargo, que embriagador aroma la de su saliva, que tibieza la de aquella boca curiosa, ávida de caricias adolescentes, pero arrepentida, un arrepentimiento fugaz que trae su boca esta vez sin titubear, al encuentro con la mía con sus labios apretados que se funden en el primer beso y luego, el descubrimiento del placer, nuestros corazones enloquecidamente palpitantes y su huida a través de nuestras azoteas e interminables noches en vela deseando la aparición de la estrella vespertina que me cumpla un deseo.