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martes, noviembre 18, 2008
jueves, octubre 02, 2008
Y nos vemos en Chiapas.
jueves, mayo 29, 2008
Memoria gráfica del IV seminario internacional Diálogos con la psicología Latinoamericana.
miércoles, julio 19, 2006
La palabra de dios. El abuso de la transferencia.
Antes de entrar en materia, me parece importante establecer la distinción entre religiosidad, religión e iglesia. Cuando hablamos de religiosidad nos estamos refiriendo a un afecto subjetivo, un estado emocional peculiar no necesariamente universal pero sí muy común, que emerge en el hombre en momentos de indefensión, de peligro o durante el arrebato mísitico y otros elementos de sensación de pertenencia con el todo. Las religiones, por otra parte, constituyen sistemas de pensamiento que pretenden, junto con los delirios, los sistemas filosóficos y los científicos, dar cuenta del mundo y tratan de responder a las preguntas fundamentales que el hombre se formula en torno de su existencia y del universo en el que nace y vive. Los sistemas de pensamiento religioso se diferencian de los sistemas científicos por la circunstancia de que las religiones apelan al concepto de fe y de dogma para hacer sus afirmaciones, mientras que los sistemas de pensamiento científico suelen basarse en lo que llamamos "los hechos", que pueden ser refutados o ratificados, dando pie a constructos teóricos provisionales e hipótesis operativas de trabajo. En otras palabras, existe una clara diferencia entre los sistemas regidos por la doza (creencia, opinión) y los que se basan en la episteme (conocimientos). la fe, los dogmas, la religión, el fanatismo y los delirios están basados en la creencia (doxa), mientras que los sistemas de pensamiento filosóficos y científicos tienden a sustentarse en el conocimiento (episteme). Finalmente, las iglesias están referidas a la institucionalización formal de los sistemas religiosos de pensamiento, por lo que poseen una estructura jerárquicamente organizada, una fuerte burocracia y un ejercicio del poder que circula por canales perfectamente establecidos y sancionados por el uso de normas sustentadas en una sólida tradición.
Las iglesias, al menos dentro de las religiones occidentales que derivan de la gran tradición judeocristiana, tienden a organizarse alrededor de estos sistemas de pensamiento religioso que dan cuenta o intentan explicar el mundo y la presencia del hombre sobre la tierra. Sin embargo, en su forma de funcionamiento con mucha frecuencia sucede que se pervierte el sistema de pensamiento original y su finalidad, en función de vicisitudes particulares que tienen que ver, las más de las veces, con la dinámica del poder. El poder eclesiástico, como en cualquier otro tipo de institución formalizada, tiene la irrefrenable tendencia a ser usado con desmesura, injusticia, ventaja y abuso. En esto, el poder de las iglesias no se diferencia del poder de cualquier otro grupo, sea político, económico, científico, artístico o de otra índole; en otras palabras, tiene una dinámica en la que con cierta facilidad se promueven problemas de corrupción y abuso.
En el caso de las igleias occidentales organizadas de esta manera, suele sueceder que, más allá de los problemas de poder interno que se suscitan dentro de la burocracia eclesiástica y entre los intersticios de la organización jerárquica que determina las áreas de influencia, los territorios y vasallajes, las interdependencias, etc., existe otro tipo de poder, sutil y subterráneo, que es el que se ejerce con la feligresía-y del cual no suele hablarse abiertamente.
Una de las preguntas fundamentales en la organización de las religiones y de las iglesias es: ¿cómo se mantiene a la feligresía fiel a los dictados de las diversas iglesias, a pesar de que las normas éticas de las religiones occidentales con frecuencia van en contra de aquello que conocemos como las fuerzas básicas de la naturaleza humana?; ¿cómo es que los fieles permanecen sometidos a los dictados de los ministros que manejan dichas iglesias?; ¿qué es lo que los conmina a someterse ciegamente a pesar de que dicha subordinación hipoteca su capacidad de pensamiento y de juicio crítico, y depositan el ejercicio de dichas funciones en manos de los pastores que se ocupan de la conducción del rebaño de fieles? Como veremos más adelante, no debe sorprendernos la exactitud de la metáfora empleada -un pastor y un rebaño- si penetramos en la dinámica grupal que se establece entre la clase sacerdotal y la masa de seguidores.
Como Freud dejó establecido en Psicología de las masas y análisis del Yo (1921), los grupos organizados, como la Iglesia y el Ejército, derivan su poder de cohesión de varios mecanismos psicológicos bien estudiados. Por una parte, la masa hace una depositación masiva del Ideal del Yo en el líder, formal o simbólico, de este tipo de grupos; por la otra, el mecanismo de identificación de los feligreces entre sí promueve que todos se sientan igualmente favorecidos por la cabeza del ejército o amados por el dios que los aglutina. Ya sea que todos los fieles lleguen a sentirse los hijos privilegiados- el pueblo elegido, los señalados para acceder a la gloria, escogidos para estar con el dios en algún tipo de cielo o paraíso celestial- lo importante es la sensación de hermandad que yugula las rivalidades que habitualmente se dan en las interacciones humanas grupales.
La fuerza vincular que agrupa a las masas y mantiene su cohesión alrededor de un líder carismático es la pulsión libidinal, y Freud sostenía que su forma de acción sobre las masas era muy semejante a la fuerza que observamos en los casos de enamoramiento o en la situación hipnótica. Como sabemos, es la misma fuerza que hace posible, dentro del tratamiento psicoanalítico, que se de el fenómeno conocido como transferencia: resistencia mayor a la cura y principal palanca para lograr la movilización de la libido estancada en las figuras parentales o en situación pretéritas. Llamamos transferencia a la tendencia universal, pero magnificada durante un psicoanálisis, a colocar en el otro- en este caso el analista- una serie de supuestos gratuitos, depositaciones que parten del mundo interno del analizado y que pueden ser partes de su Yo, objetos de su constelación interna (objetos que pueden ser parciales o totales), del Ideal del Yo (como ocurre con los grupos), pulsiones, partes del Self, prohibiciones del SuperYó, la autoestima, funciones yóicas, defensas de todo tipo, odios y cariños. Gracias al amor de transferencia el paciente es capaz de hacer frente a eventos intrapsíquicos dolorosos que, sin ella, no estaría dispuesto a afrontar.
Como sabemos, es la dinámica transferencial la que posibilita que el analizado reciba la palabra del analista revestida con un poder que deriva aún de los viejos ensalmos usados por los magos y sacerdotes de todos los tiempos. De hecho, la clase sacerdotal de todas las religiones ha usado- consciente, preconsciente y, a veces, de manea totalmente inconsciente- esa poderosa influencia que proviene de lo que los fieles depositan en sus palabras y del enorme poder que deriva del hecho de que las masas ponen su propio ideal del Yo en el representante de la divinidad- junto con todas las idealizaciones con las que la humanidad, desde siempre, ha revestido a sus dioses.
La diferencia fundamental entre el poder transferencial que manejan los sacerdotes y ministros de todas las religiones occidentales, y la forma como el psicoanalista interpreta dicha transferencia durante el curso de una sesión psicoanalítica, está en el hecho de que mientras los primeros utilizan este tipo de depositaciones desde una postura en la que asumen el poder en ellos colocado, el psicoanalista, mediante la interpretación sistemática de la transferencia, siempre se está descolocando, por decirlo así, de lo que el paciente deposita en él. De esta forma, puede devolverle al paciente lo que pertenece a su mundo interno, incluso ese poder con el que momentáneamente ha revestido a su analista, y le hace cobrar conciencia de que él no es el sujeto que quiere ver, sino que su visión está deformada por el deseo. La tarea terapéutica es mostrarle al paciente que es él quien ha supuesto ese enorme poder con el cual ha revestido a su analista, y que lo colocado en el terapeuta son partes de él mismo, el analizado, quien tiene ahora que asumirlas como propias e integrarlas como parte de su psiquismo y su personalidad, ya que son parte de su historia y de la forma como se fue estructurando su aparato mental desde los tiempos más remotos.
Ahora bien, ¿cómo es que la clase sacerdotal de las religiones occidentales actuales tienden a asumir el poder depositado en ellos? Sabemos que si alguien en la posición de depositario de esas fuerzas que la masa le atribuye, hace uso de ellas como si le fueren consubstanciales y se apropia de ellas, puede ejercer un poder que durará todo el tiempo que logre mantener la ilusión que subyace en ese tipo de manifestación transferencial. Por lo tanto, la diversidad de respuestas derivarán de las posibilidades que el usufructo de dicho poder conlleva, dado quen estamos hablando de un poder que permite manipular y orientar el pensamiento de los fieles en una dirección "conveniente" para la iglesia; posibilita el sometimiento de quienes dudan o muestran signos de pensamiento crítico, ya que la manipulación de este tipo de transferencia favorece la eclosión de un pensamiento regresivo y mágico, que anula toda posibilidad de crítica o refutación; incluso sirve para enfatizar a los fieles haciéndoles creer que ese poder que han depositado en sus líderes religiosos deriva directamente de los dioses. De esta forma, se cierra el círculo psicodinámico pues la clase sacerdotal, de manera automática, se transforma en una elite, ya que es ella quien mantiene un contacto privilegiado con la deidad. Este tipo de manipulación de las masas deriva, a todas luces, de un uso perverso de la transferencia, es decir, de una deformación en el empleo de un instrumento sumamente poderoso y delicado. Se trata de un abuso de poder de corte claramente psicopático.
Una forma particularmente perniciosa que puede adoptar este tipo de mal uso del poder transferencial tiene que ver con circunstancias especiales, como cuando un ministro de cualquier culto asume que está hablando en el nombre de Dios y con una autoridad que deriva de su particular cercanía con la deidad- de quien es su representante terrenal. Es muy frecuente escuchar en los servicios religiosos y en las declaraciones públicas de los sacerdotes, rabinos, pastores y todo tipo de ministros al servicio de un culto, que éstos hablan, con frecuencia, en el nombre de Dios. Frases como: "Dios está enojado porque...", "Dios quiere que...", "La virgen está triste debido a...", "Esto pondrá contento a Dios...", etc. etc.. se esucha en boca de los representantes de casi todas las religiones del mundo. Dado que nadie puede certificar lo que los dioses quieren, les molesta, desean, les entristece o les contenta, es obvio que se trata de declaraciones en las que el representante en cuestión hace una auténtica apropiación del pensamiento del dios sobre sí mismo, cuando es claro que él es el primero que sabe que la deidad no le ha dicho cosa alguna y que, por tanto, está mintiéndole a sus fieles. Sin embargo, lo que ahora nos interesa estudiar es el motivo por el que las feligresías en general y los fieles en particular son proclives a creer en este tipo de declaraciones, pese a tratarse de una forma retórica de decir las cosas, en el mejor de los casos, o de un abuso de poder y la confianza conferidos a un ministro de culto.
Desde el punto de vista estrictamente observacional, es claro, que el sacerdote o ministro fomenta en su feligrecía la ilusión- sabiamente alimentada desde los preceptos y reglamentaciones de las diversas iglesias- de que él tiene un contacto privado, una relación de privilegio con el dios. Este tipo de comunicación hace del representante religioso un ser excepcional. Gracias a este tipo privilegiado de comunicación con la divinidad, el aura de poder que le circunda es semejante a la de Moisés cuando bajó del monte Sinaí con las tabla de la ley de Jahvéh o Decálogo, iluminado y con las huellas en su rostro de una suerte de rapto o arrebol poco comprensible, pero que lo hermanan con los místicos de todos los tiempos y con los locos de todas las latitudes, signo que se interpretó en su momento, como resultado de haber permanecido en la cercanía de Dios y haber tenido el privilegio de su visión directa- lo que lo transforma en un hombre sagrado ante los ojos del pueblo. Una consecuencia de este tipo de dinámica, es que el pueblo queda excluido de esta relación directa con la divinidad, de este contacto privilegiado; por lo tanto, a partir de este momento, el sujeto en cuestión queda investido con la etiqueta de vocero de Dios, y su cercanía con la deidad le comunica -por medio de esa magia simpatética que se transmite por el mero contacto-algo que tiene atributos divinos y sobrenaturales, por lo que el sujeto queda revestido con poderes especiales y mágicos.
Por otra parte, el contacto con el dios y la exclusividad de dicha comunicación, provocan una suerte de elitismo teológico ya que los elegidos asumen parte de las características y del poder con el que se suele revestir a las deidades. Estas caracterísitcas son las que promueven y favorecen que las masas depositen esa instancia intrapsíquica que conocemos como Ideal del Yo sobre quienes se ha erigido en representante y vocero de Dios sobre la tierra, como un intermediario entre el dios y el pueblo.
Por otra parte, el contacto con los dioses, su visión directa, la comunicación con ellos, etc. no son cosas que se puedan realizar impunemente, ya que es común que su realización conlleve cierto riesgo para quien se atreve a una cercanía con poderes sobrenaturales de los que aún sabemos muy poco. La clase sacerdotal es la que asume ese tipo de "riesgo" que deriva del contacto íntimo con las deidades- que la mente popular no desea asumir sobre sus hombros- y, como resulta lógico, tiene que recibir algún tipo de beneficio a cambio o ciertos privilegios por este tipo de servicio prestado a las masas. El intermediario suele recibir toda la consideración, respeto y gratitud de la masa de creyentes pues es él quien está dispuesto a asumir el peligro (incluso peligro de su propia vida) que suele asumir quien se pone en contacto con los dioses.
Lo que deseamos destacar en esta ocasión es que la palabra que profiere el sacerdote o ministro de una religión dada, resulta semejante o idéntica a la del mismo Dios, ya que el ministro es intérprete de la deidad-algo así como su aparato de resonancia para que el mensaje ultraterreno sea transmitido, conocido y difundido entre la grey, entre los fieles. Como podemos advertir, no es cualquier poder el que recae sobre los sacerdotes desde este tipo de depositación: es nada menos que un poder que deriva del contacto con la divinidad, es decir, de un ente omnipotente (de ahí que el contacto directo con el dios sea tan temible y que su palabra quede revestida de tanto poder; de hecho, palabra y acto de Dios son cosas idénticas para ciertas ideas religiosas) y omnisciente ( de ahí que esas palabras no sean refutables ni discutibles, solo pueden ser aceptadas y obedecidas); por lo tanto, la palabra de Dios- a través de sus representantes- es dogma y está anclada firmemente en la fe. No es difícil darse cuenta de la lógica que sustenta la pretensión de algunas iglesias de que el representante terrenal está asistido directamente por Dios cuando habla; al menos en el caso del Papa en la religión católica, hay una ocasión en la que se formaliza su infalibilidad, ya que-se dice- en ciertas circunstancias está asistido por el Espíritu Santo, por lo tanto, todo lo que diga cuando habla ex catedra es una verdad absoluta pues proviene directamente de Dios.
Para que la palabra del sacerdote pueda cargarse con el poder de Dios, tiene que estar inmersa en una atmósfera de secreto: no cualquiera sabe cómo se puede llevar a cabo esa comunicacón privilegiada con la divinidad; esta es una prerrogativa muy especial que está reservada sólo para iniciados, es decir, para los miembros de la casta sacerdotal -con lo cual se establece una suerte de monopolio del saber teológico. Al mismo tiempo, para que esta palabra tenga su efecto adecuado tiene que intuirse en ella la cualidad de lo episódico; en primer lugar, porque nadie podría resistir una comunicación permanente y contiunuada con Dios, y en segundo término, porque una comunicación permanente con la deidad haría de ésta un evento cotidiano y común, poco sagrado y carente de misterio, por el contrario, la palabra de Dios-impartida por sus representantes-tiene la característica de ser un evento extraordinario y de esta forma conserva su carácter mágico y excepcional.
La palabra del sacerdote tiene una eficacia huérfana de cualquier necesidad de ratificación o de argumentación lógica, no obedece a ningún tipo de razonamiento científico o al juicio de un interlocutor, desde esta perspectiva es epistemológicamente irrebatible: de ahí su aspecto potencialmente maligno, ya que resulta irrefutable.
Cuando un sacerdote habla en el nombre de la deidad y dice que "Dios está enojado", o "complacido", o que "Dios desea" algo, no hay nada que nos pueda ayudar para comprobar o rectificar lo dicho por su representante: lo dicho por Dios pertenece, por definición, al ámbito de la comunicación privada y exclusiva enrtre el sacedote y Dios: todos los demás están excluidos de este tipo de intercambio misterioso e inefable. En estricto sentido, cualquier persona con mentalidad positivista o espíritu experimental podría darse cuenta de que no cumplir con algún tipo de ordenanza recibida por "la palabra de Dios", no produce las calamidades esperables desde la furia vindicativa con la que la deidad -se dice- amenazó en caso de incumplimiento del hombre. Sin embargo, justamente por el carácter tan débil de las amenazas con las que Dios trata de doblegar la voluntad del hombre, las iglesias de todos los tiempos se han encargado de fabricar "las pruebas" del poder divino y han intentado establecer nexos causales entre la ira de Dios y todo tipo de catástrofes naturales, eclipses, pandemias y pestes, terremotos y fenómenos atmosféricos, o han conectado las calmas ulteriores o dichas hecatombes, como signos de su apaciguamiento, contento o beneplácito. Parecería que la casta sacerdotal no ha podido advertir que con estas pruebas hacen de Dios un sujeto sospechosamente cruel y filicida, que posee características tan humanas como ese afán genocida con el que castiga a sus hijos - sólo hay que recordar algunos casos ejemplares de aplicación de algo parecido a la solución final hitleriana como cuando trató de exterminar al hombre con el Diluvio Universal, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, etc. Pese a todo, y como cualquiera puede comprobar, en todos estos casos se trata de juicios a posteriori, de una conexión causal establecida ad doc entre un fenómeno natural y la ira de Dios. De hecho, ninguna palabra de Dios dicha por sus representantes ha podido tener ese valor predictivo que se le suele atribuir. La Biblia está plagada de ejemplos que "prueban" la acción de Dios como consecuencia del castigo impuesto a los hombres por su desobediencia y su conducta pecaminosa, o como manifestaciones de su infinita misericordia y bondad.
Por otra parte, es sorprendente que el enfoque religioso de la psicoterapia adolezca de todas aquellas limitaciones de la psiquiatría pre-freudiana. Como dice uno de los exponentes más típicos de esta forma de terapia religiosa, la tarea psicoterapéutica se concibe "como un encuentro inter-humano. Esto trasciende los conceptos de transferencia y contratransferencia. El encuentro existencial supone un encuentro real de personas reales en un mutuo empeño por entender el uno al otro a través de una comunicación recíproca" (Hora, 1962, p. 107). Como vemos con claridad, este énfasis en el encuentro inter-humano desde la realidad, obedece a una concepción psicológica decimonónica -pre-freudiana- en la que lejos de trascender (como dice Hora) la importancia del binomio fundamental de todo tratamiento psicoterapéutico: la transferencia/contratransferencia, lo que sucede es un grave desconocimiento de los fenómenos que propician la depositación transferencial de elementos del mundo interno del paciente sobre su terapeuta, incluyendo aquellos elementos que colocan al analista, a los ojos del paciente, en el sitio del sujeto supuesto saber -para decirlo en los descriptivos términos empleados por Lacan. Si no se toman en cuenta estos elementos transferenciables y su resonancia en la contraransferencia del terapeuta, está expuesto a actuar ese papel desde una contraidentificación proyectiva; esto sin tomar en cuenta que al querdarse el proceso terapéutico circunscrito al puro terreno inter-humano -sin atender el mundo intersubjetivo en el cual se juegan los dinamismos del inconscienrte- el encuentro terapéutico se reduce a un intento voluntarista desde una situación en la que se concibe un aparato psíquico que queda reducido al mundo de la conciencia-pensamiento superado desde hace ya más de cien años.
Esto nos permite concluir que el enfoque religioso de la psicoterapia aún está en ayunas de advertir la importancia de las fuerzas inconscientes que se juegan en la dinámica de la transferencia/contratransferencia, ya que no las tienen en cuenta en los abordajes psicoterapéuticos con este tipo de orientación, al mismo tiempo, y como complemento dialéctico de lo anterior, al no tener en cuenta - por desconocimiento o denegación- la importancia de este tipo de determinantes dinámicos en la conducción de la feligresía, tienden a hacer un uso psicopático de esta fuerza para manipular y conducir a las masas. En ambos casos, la ignorancia, la denegación o la represión de estas fuerzas se paga muy caro. Los pacientes no son ayudados con toda la amplitud y profundidad con la que se requiere para aliviarles su sufrimiento psíquico, y las masas de fieles son manipuladas con poco respeto, en el mejor de los casos, o con intenciones de sometimiento e infantilización al servicio de una casta que detenta un poder basado en supuestos ultraterrenos, pero en todo caso poco dignas de quienes pretenden establecer códigos morales para la conducta del hombre frente a sus semejantes o asumir el derecho de postular declaraciones normativas para la conducción de toda la sociedad.
Juan Vives Rocabet. 26 de septiembre de 1996.
domingo, octubre 16, 2005
A los veintitantos.
Le llaman la "crisis del cuarto de vida". Te encuentras a ti mismo desafanándote de la multitud mas que en cualquier otro momento de tu vida. Te empiezas a dar cuenta de que hay un montón de cosas sobre ti de las que no sabias y que quizá no te gusten. Te empiezas a sentir inseguro y te preguntas donde estarás en un año o dos, pero luego te asustas al darte cuenta que apenas sabes donde estas ahorita.
Te empiezas a dar cuenta que algunas personas son egoístas y que a lo mejor, esos amigos que creías cercanos no son exactamente las mejores personas que has conocido y que la gente con las que has perdido contacto resultan ser amigos de los mas importantes para ti. De lo que no te das cuenta es que algunos de los amigos de los que te has alejado se están dando cuenta de lo mismo y que la mayoría de ellos no son malos o deshonestos realmente, pero están tan confundidos como tu. Ves tu trabajo y quizá no este ni un poco cerca a lo que pensabas que estarías haciendo, o Quizás estés buscando algún trabajo y piensas que tienes que comenzar desde abajo y te da un poco de miedo. Y extrañas la comodidad de la escuela, de los grupos, de socializar con la misma gente de forma constante. Pero te empiezas a dar cuenta que mientras algunos eran verdaderos amigos, otros no eran tan especiales después de todo. Te empiezas a entender a ti mismo y sobre lo que quieres y lo que no. Tus opiniones se vuelven mas fuertes.
Ves lo que los demás están haciendo y te encuentras a ti mismo juzgando un poco mas de lo usual porque de repente tienes ciertos lazos en tu vida y adicionas cosas a tu lista de lo que es aceptable y de lo que no lo es. Te sientes seguro y luego inseguro. Ríes y lloras con la mas grande fuerza de tu vida. A veces te sientes genial e invencible y otras, solo y con miedo y confundido. De repente el cambio es el enemigo y tratas de aferrarte al pasado, pero pronto te das cuenta que el pasado cada vez se aleja mas y mas y que no hay mas que hacer que quedarte donde estas o seguir avanzando.
Te rompen el corazón y te preguntas como alguien a quien amaste tanto te pudo hacer tanto daño. O quizá te acuestes por las noches y te preguntes por que es que no puedes conocer a alguien lo suficientemente interesante como para querer conocerlo mejor (y si la acabas de conocer te niegas a que te conozca como eres). Los ligues y las citas de una noche te empiezan a parecer baratos y emborracharte y actuar como un idiota empieza a parecerte verdaderamente estúpido. Y pareciera como si todos los que conoces empiezan a casarse, y quizá tu también ames realmente a alguien también, pero simplemente no estas seguro si estas listo para comprometerse por el resto de tu vida??? Atraviesas por las mismas emociones y preguntas una y otra vez, y hablas con tus amigos sobre los mismos temas simplemente porque no terminas de tomar una decisión.
Te preocupas por préstamos y dinero y el futuro y por hacer una vida para ti. Y mientras ganar la carrera seria grandioso, ahorita tan solo quisieras estar compitiendo en ella. Lo que puede que no te des cuenta es que todos lo que estamos leyendo esto nos identificamos con ello. Somos nuestros mejores momentos y nuestros peores momentos, tratando de descifrar esto lo mejor que podemos. Envíale esto a tus amigos de veintitantos... quizá le ayude a alguien a darse cuenta que no esta solo entre tanta confusión...Aun así!!! no los cambiamos (verdad), es una de las mejores etapas de nuestras vidas... sobre todo porque en ella están ustedes... mis amigos..
====="Cuanto más profundo sea el amor que une a dos personas mayor será su interés por el mundo que habitan. Sentirán su conexión con la tierra y estarán dedicados a cuidar del planeta y de todos los seres sensibles que requieran de su ayuda."
Cortesía de Mamá Lula
Psic. Lourdes Estrada
Te empiezas a dar cuenta que algunas personas son egoístas y que a lo mejor, esos amigos que creías cercanos no son exactamente las mejores personas que has conocido y que la gente con las que has perdido contacto resultan ser amigos de los mas importantes para ti. De lo que no te das cuenta es que algunos de los amigos de los que te has alejado se están dando cuenta de lo mismo y que la mayoría de ellos no son malos o deshonestos realmente, pero están tan confundidos como tu. Ves tu trabajo y quizá no este ni un poco cerca a lo que pensabas que estarías haciendo, o Quizás estés buscando algún trabajo y piensas que tienes que comenzar desde abajo y te da un poco de miedo. Y extrañas la comodidad de la escuela, de los grupos, de socializar con la misma gente de forma constante. Pero te empiezas a dar cuenta que mientras algunos eran verdaderos amigos, otros no eran tan especiales después de todo. Te empiezas a entender a ti mismo y sobre lo que quieres y lo que no. Tus opiniones se vuelven mas fuertes.
Ves lo que los demás están haciendo y te encuentras a ti mismo juzgando un poco mas de lo usual porque de repente tienes ciertos lazos en tu vida y adicionas cosas a tu lista de lo que es aceptable y de lo que no lo es. Te sientes seguro y luego inseguro. Ríes y lloras con la mas grande fuerza de tu vida. A veces te sientes genial e invencible y otras, solo y con miedo y confundido. De repente el cambio es el enemigo y tratas de aferrarte al pasado, pero pronto te das cuenta que el pasado cada vez se aleja mas y mas y que no hay mas que hacer que quedarte donde estas o seguir avanzando.
Te rompen el corazón y te preguntas como alguien a quien amaste tanto te pudo hacer tanto daño. O quizá te acuestes por las noches y te preguntes por que es que no puedes conocer a alguien lo suficientemente interesante como para querer conocerlo mejor (y si la acabas de conocer te niegas a que te conozca como eres). Los ligues y las citas de una noche te empiezan a parecer baratos y emborracharte y actuar como un idiota empieza a parecerte verdaderamente estúpido. Y pareciera como si todos los que conoces empiezan a casarse, y quizá tu también ames realmente a alguien también, pero simplemente no estas seguro si estas listo para comprometerse por el resto de tu vida??? Atraviesas por las mismas emociones y preguntas una y otra vez, y hablas con tus amigos sobre los mismos temas simplemente porque no terminas de tomar una decisión.
Te preocupas por préstamos y dinero y el futuro y por hacer una vida para ti. Y mientras ganar la carrera seria grandioso, ahorita tan solo quisieras estar compitiendo en ella. Lo que puede que no te des cuenta es que todos lo que estamos leyendo esto nos identificamos con ello. Somos nuestros mejores momentos y nuestros peores momentos, tratando de descifrar esto lo mejor que podemos. Envíale esto a tus amigos de veintitantos... quizá le ayude a alguien a darse cuenta que no esta solo entre tanta confusión...Aun así!!! no los cambiamos (verdad), es una de las mejores etapas de nuestras vidas... sobre todo porque en ella están ustedes... mis amigos..
====="Cuanto más profundo sea el amor que une a dos personas mayor será su interés por el mundo que habitan. Sentirán su conexión con la tierra y estarán dedicados a cuidar del planeta y de todos los seres sensibles que requieran de su ayuda."
Cortesía de Mamá Lula
Psic. Lourdes Estrada
miércoles, septiembre 28, 2005
La decadencia de la tristeza.
Es un hecho que la tristeza está condenada a desaparecer. Las situaciones en que nos pone la vida moderna, especialmente la actividad incesante que genera y su altísima velocidad, dificultan cada vez más la percepción o la experiencia de este sentimiento que tuvo una vida fugáz (hablando en términos de literatura) en la conciencia o en la atención de los hombres. Cada día los tristes se vuelven más raros y si acertamos a encontrarnos con uno su condición de triste se nos mostrará como el resultado de la multitud de construcciones que por todas partes amenazan su tristeza, y más que a un triste veremos a un raro. Pero si la tristeza ha perdido el dominio de la literatura no así el del alma humana. Lo que pasa es que ya no hay tiempo ni fijeza de la atención para percibir esa moduilación tan tenue del tono anñimico cuando pasa de do mayor a re menor.
Tal vez por esnobismo o por ignorancia se prefiere llamar neurastenia, depresión, spleen, melancolía, tedio, fatiga, mala digestión, tiempo nublado, blues a la simple y sencilla tristeza. Pero neurastenia se cura con vitamina B, la depresión con vino, la fatiga con reposo, el spleen con carcajadas, la mala digestión con bicarbonato, el tedio y el mal tiempo se evitan con la televisión o en el cine, la melancolía se cultiva por su enorme prestigio literario. Sólo la tristeza es incurable; pasa, pero llevándose consigo el secreto de su causa y el recuerdo de su efecto, sdin dejar huella o señal de cuándo volverá. No atiende a su presencia ninguna circunstancia orgánica o exterior y la tristeza puede darse en cualquier tubo digestivo y en cualquier día del año. Aunque no es impeditoria del trabajo cotidiano, si es que éste existe, prefiere la cercanía de los ociosos y de los solitarios. La tristeza demasiado sociable o demasiado pública produce una impresión de impudicia y su manifestación, si no es a través de formas muy refinadas, denota un carácter afeminado en los hombres, frígido en las mujeres y vulgar y lastimoso en los artistas.
La tristeza propicia el cultivo de algunos géneros literarios; principalmente el del llamado "diario íntimo" o "confesiones" que constituyen, por así decirlo, la forma que la vida secreta reviste para presentarse en público, ya que es un sentimiento que pone el ánimo en relación con cualquier cosa: una flor o una estrella convocan por igual este secreto común a todos; secreto a voces que es la substancia de toda la literatura de confidencia. Como generadora de escritura la tristeza parece ser un invento alemán. El sentimiento de Weltschmerz inexplicable obtiene su expresión culminante en obras como el Welrther, cuyas páginas no solamente describen el sentimiento de tristeza sino que, en su momento, también la produjeron masivamente entre sus lectores. Pero Goethe no era un triste. Era demasiado mundano y demasiado analítico para contemplar la tristeza como algo exterior o ajeno a él y de considerarla con el mismo criterio con que analizaba una muestra geológica o un fragmento de estatua.
En el curso hacia la máxima subjetivización de la concepción original de Goethe la tristeza sufre las más inauditas metamorfosis- en prosa y en verso- a lo largo de todo el siglo diecinueve. La más evidente de las transformaciones es la del hombre, siempre impreciso, con que se la va conociendo, como si en esa inconexión entre el nombre y la cosa se cifrara su misterio o su explicación: mal de Wether,ennui, spleen, tedio, caffard, clorosis, neurosis, etcétera, ninguno de los cuales expresa cabalmente la naturaleza del estado de ánimo que nombraran mejor que el término original.
Entre Los sufrimientos del joven Werther y Tristesse d´eté la tristeza sigue el camino de toda la carne, pero en sentido contrario: en Goethe mata; en Mallarmé, paradójicamente, la tristeza es a la vez efecto (Brise marine) y causa (Tristesse d´eté) de la concupiscencia. Lo que para Goethe esun fenómeno para Baudelaire será una sensación y para Mallarmé la sombra o la ausencia de una sensación.
Podría decirse que el defecto principal de la tristeza es su carencia de interés o de substancia. Los celos producen un Otelo, la ambición una lady Macbeth, la sensibilidad exacerbada un des Esseintes, peor los tristes pueblan el inmenso territorio de la literatura en calidad de personajes ínfimos.
Considerada siempre desde el punto de vista literario la tristeza puede ser el objeto de una descripción o el resultado de una lectura. Hay casos -notablemente el de Un coeur simple- en que ambos aspectos se conjugan en una sola obra, es decir en que la descripción de la tristeza produce a su vez tristeza. Pero en Flaubert la conjunción es demasiado artísitca; deslumbra sun perfección técnica. Otro tanto sucede con Poe: la construcción rítmica de The Raven atenúa su significado desolador y la proeza opaca al poema. De ahí tal vez provenga la prevención generalizada contra la tristeza. En el fondo es una cuestión de equilibrio entre causa y efecto que muy pocos autores han sabido o podido guardar. Destacaría yo Dubliners de Joyce como la obra maestra de la tristeza en nuestro tiempo. Es tal vez el último gran libro que se consagra a ella.
Cabría preguntarse si la tristeza no es una condición inherente al ánimo del autor que se traduce en su escritura o sí de hecho existen situaciones que, descritas de cualquier manera, guardan intacta su tristeza escencial. Pero la experiencia íntima parecería contradecir esto ya que cuando la percibimos o la sentimos más intensamente es cuando la tristeza se manifiesta sin causa alguna. Nadie se sustrae a la infinita tristeza quen produce en un día soleado el paso de una nube. Ese ensombrecimiento momentáneo no actúa sobre la retina sino sobre el alma. La misma sensación de tristeza profunda se experimenta entre bambalinas de los teatros después de la función, en el éxodo sombrío de la plaza de toros después de la corrida, en el ámbito circense: la tristeza del payaso, del tigre y de la mujer barbada es proverbial. No se diga del vasto catálogo de cosas tristes que la poesía consagra o concretiza en imágenes cuya capacidad de producrir siempre renovada la misma sensación es inagotable; como si ese acervo de circunstancias tan particularmente penosas y fútiles compusieron una gama característica de los modos de la sensibilidad.
La tristeza en estado puro se sustrae al dominio de todas esas leyes que supuestamente rigen (sólo para dar de ella una explicación ficticia) la evolución o el desarrollo de los estados morbosos... del alma o del cuerpo. Ambos, a decir verdad, encuentran un deleite inexplicable en la experiencia de la tristeza inopinada. Llega como una demasía y un lujo del espíritu en la vida trivial y gris. Se aposenta un instante apenas en el ánimo y pasa, revelándonos en su tránsito la imágen de nuestra fugacidad y de nuestra descomposición. La tristeza profunda reclama la soledad interior, la soledad ineluctable que hace posible la superviviencia del individuo dentro de la multitud. Esa soledad inalineable hace posible la fijeza de la atención en el objeto de la tristeza que se nos muestra como un movimiento inexplicable, como un efecto sin causa o, cuando menos, sin causa suficiente; que no proviene de nada y tampoco conduce a ninguna parte; que no nos mueve a la meditación ni provoca remordimientos de conciencia ni orilla al suicidio. Es bien sabido que la tristeza estimula el apetito y las facultades poéticas. Quien la padece quiere obtener o dejar un testimonio real de su paso por el alma mediante las manipulaciones, a su vez, tienen que ser aptas a la capatación de esa substancia tan tenue sin ajarla, sin desvirtuar su naturaleza y sin contaminar su sinsentido de psicología práctica o de vaga literatura.
Una sensibilidad demasiado literaria tiende a amolar las afiladas aristas de la tristeza. Sus tenues fulgores se difunden y se extinguen bajo una mirada insistente. Es fuerza abandonarse a ella sin reservas y dejarla que actúe libremente sobre el espíritu sin que le opongamos la resistencia de nuestra alegría perdida o ansiada. La intensidad del goce, bien se sabe, está en razón inversa a su duración. Lo mismo pasa con la tristeza. La tristeza crónica, ahora ya muy rara, produce la esterilidad primero y la muerte después. Por eso no es bueno cultivarla más allá de donde pierde sus propiedades calmantes o narcóticas. El triste es tranquilo y tiene buen sueño. No turba su vigilia más que ese ensombrecimiento general del mundo que dura unos instantes pero que a él le produce un efecto permanente y lo caracteriza desde la infancia gris hasta el sepulcro con cipreses y epitafio compuesto por él mismo.
De duración imprecisa, la sensación se agota antes de que termine su descripción como si la tristeza nos obligara a una prolijidad que rebasa los lñimites del espectro en que es perceptible, experimentable y transmitible por la escritura.
Salvador Elizondo. Camera Lucida. 1983.
Tal vez por esnobismo o por ignorancia se prefiere llamar neurastenia, depresión, spleen, melancolía, tedio, fatiga, mala digestión, tiempo nublado, blues a la simple y sencilla tristeza. Pero neurastenia se cura con vitamina B, la depresión con vino, la fatiga con reposo, el spleen con carcajadas, la mala digestión con bicarbonato, el tedio y el mal tiempo se evitan con la televisión o en el cine, la melancolía se cultiva por su enorme prestigio literario. Sólo la tristeza es incurable; pasa, pero llevándose consigo el secreto de su causa y el recuerdo de su efecto, sdin dejar huella o señal de cuándo volverá. No atiende a su presencia ninguna circunstancia orgánica o exterior y la tristeza puede darse en cualquier tubo digestivo y en cualquier día del año. Aunque no es impeditoria del trabajo cotidiano, si es que éste existe, prefiere la cercanía de los ociosos y de los solitarios. La tristeza demasiado sociable o demasiado pública produce una impresión de impudicia y su manifestación, si no es a través de formas muy refinadas, denota un carácter afeminado en los hombres, frígido en las mujeres y vulgar y lastimoso en los artistas.
La tristeza propicia el cultivo de algunos géneros literarios; principalmente el del llamado "diario íntimo" o "confesiones" que constituyen, por así decirlo, la forma que la vida secreta reviste para presentarse en público, ya que es un sentimiento que pone el ánimo en relación con cualquier cosa: una flor o una estrella convocan por igual este secreto común a todos; secreto a voces que es la substancia de toda la literatura de confidencia. Como generadora de escritura la tristeza parece ser un invento alemán. El sentimiento de Weltschmerz inexplicable obtiene su expresión culminante en obras como el Welrther, cuyas páginas no solamente describen el sentimiento de tristeza sino que, en su momento, también la produjeron masivamente entre sus lectores. Pero Goethe no era un triste. Era demasiado mundano y demasiado analítico para contemplar la tristeza como algo exterior o ajeno a él y de considerarla con el mismo criterio con que analizaba una muestra geológica o un fragmento de estatua.
En el curso hacia la máxima subjetivización de la concepción original de Goethe la tristeza sufre las más inauditas metamorfosis- en prosa y en verso- a lo largo de todo el siglo diecinueve. La más evidente de las transformaciones es la del hombre, siempre impreciso, con que se la va conociendo, como si en esa inconexión entre el nombre y la cosa se cifrara su misterio o su explicación: mal de Wether,ennui, spleen, tedio, caffard, clorosis, neurosis, etcétera, ninguno de los cuales expresa cabalmente la naturaleza del estado de ánimo que nombraran mejor que el término original.
Entre Los sufrimientos del joven Werther y Tristesse d´eté la tristeza sigue el camino de toda la carne, pero en sentido contrario: en Goethe mata; en Mallarmé, paradójicamente, la tristeza es a la vez efecto (Brise marine) y causa (Tristesse d´eté) de la concupiscencia. Lo que para Goethe esun fenómeno para Baudelaire será una sensación y para Mallarmé la sombra o la ausencia de una sensación.
Podría decirse que el defecto principal de la tristeza es su carencia de interés o de substancia. Los celos producen un Otelo, la ambición una lady Macbeth, la sensibilidad exacerbada un des Esseintes, peor los tristes pueblan el inmenso territorio de la literatura en calidad de personajes ínfimos.
Considerada siempre desde el punto de vista literario la tristeza puede ser el objeto de una descripción o el resultado de una lectura. Hay casos -notablemente el de Un coeur simple- en que ambos aspectos se conjugan en una sola obra, es decir en que la descripción de la tristeza produce a su vez tristeza. Pero en Flaubert la conjunción es demasiado artísitca; deslumbra sun perfección técnica. Otro tanto sucede con Poe: la construcción rítmica de The Raven atenúa su significado desolador y la proeza opaca al poema. De ahí tal vez provenga la prevención generalizada contra la tristeza. En el fondo es una cuestión de equilibrio entre causa y efecto que muy pocos autores han sabido o podido guardar. Destacaría yo Dubliners de Joyce como la obra maestra de la tristeza en nuestro tiempo. Es tal vez el último gran libro que se consagra a ella.
Cabría preguntarse si la tristeza no es una condición inherente al ánimo del autor que se traduce en su escritura o sí de hecho existen situaciones que, descritas de cualquier manera, guardan intacta su tristeza escencial. Pero la experiencia íntima parecería contradecir esto ya que cuando la percibimos o la sentimos más intensamente es cuando la tristeza se manifiesta sin causa alguna. Nadie se sustrae a la infinita tristeza quen produce en un día soleado el paso de una nube. Ese ensombrecimiento momentáneo no actúa sobre la retina sino sobre el alma. La misma sensación de tristeza profunda se experimenta entre bambalinas de los teatros después de la función, en el éxodo sombrío de la plaza de toros después de la corrida, en el ámbito circense: la tristeza del payaso, del tigre y de la mujer barbada es proverbial. No se diga del vasto catálogo de cosas tristes que la poesía consagra o concretiza en imágenes cuya capacidad de producrir siempre renovada la misma sensación es inagotable; como si ese acervo de circunstancias tan particularmente penosas y fútiles compusieron una gama característica de los modos de la sensibilidad.
La tristeza en estado puro se sustrae al dominio de todas esas leyes que supuestamente rigen (sólo para dar de ella una explicación ficticia) la evolución o el desarrollo de los estados morbosos... del alma o del cuerpo. Ambos, a decir verdad, encuentran un deleite inexplicable en la experiencia de la tristeza inopinada. Llega como una demasía y un lujo del espíritu en la vida trivial y gris. Se aposenta un instante apenas en el ánimo y pasa, revelándonos en su tránsito la imágen de nuestra fugacidad y de nuestra descomposición. La tristeza profunda reclama la soledad interior, la soledad ineluctable que hace posible la superviviencia del individuo dentro de la multitud. Esa soledad inalineable hace posible la fijeza de la atención en el objeto de la tristeza que se nos muestra como un movimiento inexplicable, como un efecto sin causa o, cuando menos, sin causa suficiente; que no proviene de nada y tampoco conduce a ninguna parte; que no nos mueve a la meditación ni provoca remordimientos de conciencia ni orilla al suicidio. Es bien sabido que la tristeza estimula el apetito y las facultades poéticas. Quien la padece quiere obtener o dejar un testimonio real de su paso por el alma mediante las manipulaciones, a su vez, tienen que ser aptas a la capatación de esa substancia tan tenue sin ajarla, sin desvirtuar su naturaleza y sin contaminar su sinsentido de psicología práctica o de vaga literatura.
Una sensibilidad demasiado literaria tiende a amolar las afiladas aristas de la tristeza. Sus tenues fulgores se difunden y se extinguen bajo una mirada insistente. Es fuerza abandonarse a ella sin reservas y dejarla que actúe libremente sobre el espíritu sin que le opongamos la resistencia de nuestra alegría perdida o ansiada. La intensidad del goce, bien se sabe, está en razón inversa a su duración. Lo mismo pasa con la tristeza. La tristeza crónica, ahora ya muy rara, produce la esterilidad primero y la muerte después. Por eso no es bueno cultivarla más allá de donde pierde sus propiedades calmantes o narcóticas. El triste es tranquilo y tiene buen sueño. No turba su vigilia más que ese ensombrecimiento general del mundo que dura unos instantes pero que a él le produce un efecto permanente y lo caracteriza desde la infancia gris hasta el sepulcro con cipreses y epitafio compuesto por él mismo.
De duración imprecisa, la sensación se agota antes de que termine su descripción como si la tristeza nos obligara a una prolijidad que rebasa los lñimites del espectro en que es perceptible, experimentable y transmitible por la escritura.
Salvador Elizondo. Camera Lucida. 1983.
jueves, febrero 03, 2005
La depresión sonriente.
Sólo en los últimos años -señala Fromm - se comienza a reconocer que "el aburrimiento crónico -compensado o no compensado- es uno de los principales fenómenos psicopatológicos de la actual sociedad tecnocrática". La exigencia del poder casi divino del dinero nos mantiene atareados durante muchas horas de trabajo, pero luego la amenaza del aburrimiento nos impulsa a compensarnos con las bebidas, el cine y la televisión, los paseos a gran velocidad, las reuniones y fiestas, los espectáculos de todo tipo, las funciones deportivas o, más íntimamente, con actividades sexuales, experiencias con drogas, el morboso interés por los hechos criminales, la peligrosa creación de ambientes explosivos y la provocación de reacciones agresivas.
La búsqueda de manifestaciones agresivas como forma compensadora de la depresión y el aburrimiento, en la gran mayoría de los casos es de tipo pasivo. Al principio resulta estimulación suficiente recibir el "pan de cada día" que suministran los medios (prensa, radio, televisión) en forma de relatos y escenas de crímenes, accidentes graves, delitos de sangre y conductas crueles. Si éstos logran ser excitantes, será señal de que la persona ha de vivirse impotente, aburrida y vacía, por el modo de reaccionar ante "estímulos" generados por el dolor y la destrucción. Sin embargo, en muchos casos, la necesidad de "alimentarse" con violencia y crueldad exige volverse activa. El "disfrute pasivo de la violencia", según Fromm, se transforma entonces en la reproducción de excitaciones sádicas o destructivas: "La persona aburrida suele ser el organizador de un "Coliseo en pequeño", donde saca sus equivalentes en pequeña escala de la crueldad en gran escala que se escenificaba en el Coliseo romano.
Muchos casos de aburrimiento grave o de insoportable vacío interior son disgosticados como cuadros de "depresión endógena". Sin embargo, Fromm hace ver que a diferencia de esta depresión, las personas con aburrimiento y vacío casi constantes "no tienden a acusarse por sus fracasos, ni tienen la expresión facial característica de los pacientes melancólicos" Y quizá por esta razón en la actualidad estos cuadros se denominan de modo más apropiado, como "depresión enmascarada" o "depresión sonriente"...
A partir de los estudios de H. D. Esler, R. G. Heath, A. Burton, W. Heron, y el propio E. Fromm, este autor bosqueja el siguiente perfil de la "depresión sonriente". Son personas que se adaptan al medio y sostienen durante mucho tiempo una aparente felicidad, por lo que nadie diría que son aburridas o deprimidas. Algunas alcanzan tal éxito público que se les tiene como modelos en sus respectivos campos. Tienen a excluir de su conciencia y a proyectar hacia sus situaciones y personas toda sensaciòn de aburrimiento o depresión. Llegan a ser reconocidas como encantadoras o cautivadoras. Por lo general tratan constantemente de parecer normales. Eso sí, buscan formas de entusiasmarse, distraerse o excitarse. El común denominador de esta búsqueda es provocar en los otros reacciones de admiración y sopresa, de seducción y excitación sexual, de miedo, dolor, humillación y hasta terror mortal. Sin provocar y recoger estas reacciones entre los demás, no pueden mantener la apariencia y el poder de la máscara "sonriente" sobre la depresión y el aburrimiento crónico que los desvitaliza.
Entre este tipo de personas se dan casos extremos de destructividad. Aunque se les identifique como "antisociales" o "criminales", no parecen aburridas ni deprimidas. El motivo por el que cometen un crimen no es el odio, sino que se origina en un insoportable aburrimiento y en la imperiosa necesidad de producir reacciones en los otros. Por esta impelente motivación, requieren provocar y sentir que "alguien puede reaccionar", necesitan de "alguien a quien se le pueda hacer algo, alguna acción que ponga fin a la monotonía de la experiencia cotidiana. Matar es un modo de sentir que uno es y que uno puede causar un efecto en otro ser".
Cómo acercarse a... La Violencia. Giuseppe Amara. CONACULTA.
La búsqueda de manifestaciones agresivas como forma compensadora de la depresión y el aburrimiento, en la gran mayoría de los casos es de tipo pasivo. Al principio resulta estimulación suficiente recibir el "pan de cada día" que suministran los medios (prensa, radio, televisión) en forma de relatos y escenas de crímenes, accidentes graves, delitos de sangre y conductas crueles. Si éstos logran ser excitantes, será señal de que la persona ha de vivirse impotente, aburrida y vacía, por el modo de reaccionar ante "estímulos" generados por el dolor y la destrucción. Sin embargo, en muchos casos, la necesidad de "alimentarse" con violencia y crueldad exige volverse activa. El "disfrute pasivo de la violencia", según Fromm, se transforma entonces en la reproducción de excitaciones sádicas o destructivas: "La persona aburrida suele ser el organizador de un "Coliseo en pequeño", donde saca sus equivalentes en pequeña escala de la crueldad en gran escala que se escenificaba en el Coliseo romano.
Muchos casos de aburrimiento grave o de insoportable vacío interior son disgosticados como cuadros de "depresión endógena". Sin embargo, Fromm hace ver que a diferencia de esta depresión, las personas con aburrimiento y vacío casi constantes "no tienden a acusarse por sus fracasos, ni tienen la expresión facial característica de los pacientes melancólicos" Y quizá por esta razón en la actualidad estos cuadros se denominan de modo más apropiado, como "depresión enmascarada" o "depresión sonriente"...
A partir de los estudios de H. D. Esler, R. G. Heath, A. Burton, W. Heron, y el propio E. Fromm, este autor bosqueja el siguiente perfil de la "depresión sonriente". Son personas que se adaptan al medio y sostienen durante mucho tiempo una aparente felicidad, por lo que nadie diría que son aburridas o deprimidas. Algunas alcanzan tal éxito público que se les tiene como modelos en sus respectivos campos. Tienen a excluir de su conciencia y a proyectar hacia sus situaciones y personas toda sensaciòn de aburrimiento o depresión. Llegan a ser reconocidas como encantadoras o cautivadoras. Por lo general tratan constantemente de parecer normales. Eso sí, buscan formas de entusiasmarse, distraerse o excitarse. El común denominador de esta búsqueda es provocar en los otros reacciones de admiración y sopresa, de seducción y excitación sexual, de miedo, dolor, humillación y hasta terror mortal. Sin provocar y recoger estas reacciones entre los demás, no pueden mantener la apariencia y el poder de la máscara "sonriente" sobre la depresión y el aburrimiento crónico que los desvitaliza.
Entre este tipo de personas se dan casos extremos de destructividad. Aunque se les identifique como "antisociales" o "criminales", no parecen aburridas ni deprimidas. El motivo por el que cometen un crimen no es el odio, sino que se origina en un insoportable aburrimiento y en la imperiosa necesidad de producir reacciones en los otros. Por esta impelente motivación, requieren provocar y sentir que "alguien puede reaccionar", necesitan de "alguien a quien se le pueda hacer algo, alguna acción que ponga fin a la monotonía de la experiencia cotidiana. Matar es un modo de sentir que uno es y que uno puede causar un efecto en otro ser".
Cómo acercarse a... La Violencia. Giuseppe Amara. CONACULTA.
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