jueves, diciembre 07, 2006

Vivir en la cabaña.

Estoy nuevamente en Hidalgo, mi familia se ha mudado una vez más, esta vez a una pequeña cabaña a las afueras de la ciudad, se carece de todo, y eso me hace sentirme frustrado y a menudo enojado de vivir al margen del urbanismo al que estaba habituado. Y sin embargo, muy en el fondo me recuerda el día en el que llegué a este estado de la República, hace doce años, a un humilde jacal de adobe y techo de tejas. Los días en el que me sumí en las lecturas deliciosas escuchando, como cada otoño, la lluvia cayendo sobre la tupida selva tropical. Alumbrado a la luz de las velas por la falta de electricidad, escribóa incontables cartas dedicadas a amigos por correspondencia que me hacían mas llevadera mi adaptación a la vida en el campo, amigos que por lo menos dos de ellos aún mantienen el contacto conmigo e incluso de vez en cuando pasan al pueblo a saludarme si se encuentran de paso. Creo que ahí fue cuando comenzé a experimentar con las palabras, entonces mi lenguaje era coloquial y desenfadado, hasta que de pronto, aprendí a desnudarme con las palabras, a hacer sentir mi presencia sorteando el espacio y el tiempo. Fué también un viaje interior de autoconocimiento, un ejercicio siempre necesario.
Cuando escribo me da la impresión de estar hablando conmigo mismo, como en un monólogo dirijido a alguien que no pone reparos a lo que se le dice. Al terminar de leer mis enunciados me reconocía en esas palabras y con frecuencia mis interlocutores se reconocían en ellas. Entonces nuestras conversaciones daban un vuelco, se volvían más íntimas, mas cálidas y humanas. Con ellas, las palabras parecían puentes y manuales.
A principio de año, al citarme con Maruquita la de Puebla en un café-librería de los que abundan en la capital de la moral y las buenas costumbres, como sarcásticamente nos gusta llamarle a esa ciudad, mi cromática amiga no ocultaba su sorpresa: ésa era la segunda vez en nuestras vidas en las que nos teníamos cara a cara, y sin embargo habíamos mantenido al principio de nuestra amistad, un interesante carteo, apasionado y nudista. Quizá la ausencia física nos permitía expresarnos sin censuras y hablar de nuestros demonios y de nuestros días soleados.
Hoy nuevamente el recogimiento en el campo me invita a desenpolvar las viejas cartas, releer mis libros favoritos, respirar con fuerza, mirar los atardeceres, maravillarme con el reluciente petirojo que me visita para mirar el ocaso, y ¿porqué no? para volver a desnudar el alma.

2 comentarios:

翼のおれたエンジェル dijo...

Ahh
Releer las cartas. Ver una foto instantánea de los sentimientos y las ideas de hace dos, cinco, diez años.

Definitivamente a veces hace falta hablar con uno mismo por medio de la palabra escrita. Reconocerse en lo que dicen los otros y explorarse, conocerse y ¿por qué no? intercambiar existencias por un breve momento.

Imaginar la cabaña en las afueras, el recuerdo de las amistades que se fueron y sonreir por las que todavía siguen.

Luego, regresar de ese viaje mental y citar a Benedetti:

Para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia.

Saludines
Angelín

Remo dijo...

Nunca es tarde para empezar otra vez, si lo sabré yo.

René significa el que renace...

Saludos renacentistas.

El Zórpilo.