jueves, octubre 25, 2007

Canto a la vida.

Me he mirado al espejo y desperté. Me reconocí en la imágen reflejada sobre esa empañada y polvorienta superficie brillosa porque al mirarle a los ojos emergió tímida mi apesumbrada alma (su habitual nostalgia parecía emanar por los ojos9. He visto mi rostro desfigurado, putrefacto, envejecido, enmohecido, con las cuencas de los ojos desbaratadas, mechones aquí y allá sin ningún orden en específico, los dientes asomando, los labios hinchados. Donde antes había lozanía, suavidad y pulcritud hoy amaneció lo nauseabundo, lo putrefacto, lo descompuesto.Y me gustó mi rostro nuevo.

Desde hoy echo fuera de mí toda hipócrita vanidad. Dejaré escalar por la cima de mi frente a la calvicie, dejaré que invisibles ganados pasten a tavés de la cabellera, llamaré a los piojos, a los ácaros, a las moscas ávidas de un nido seguro para sus bástagos. Odiaré los shampoos, los jabones perfumados, las peinetas, las tijeras infames: castrantes represoras de mis rebeldes cabellos.

Jamás disimularé el hedor de mis secreciones, las aspiraré gustoso, a placer, aprendiendo a convivir con el añejamiento de mis sudores, de mis gases, del semen reseco, de la saliva amarga, pastosa y sincera. La verguenza huirá ruborizada de este cuerpo que acepta su decadencia, que le extiende los brazos fraternos a las edades, a los tiempos, al envejecimiento, a la suave muerte: compañera, amada mía, yo quiero sentirte mas cerca, llámame al oído, revélame verdades crudas, horrorízame con visiones, enchíname el pellejo con tu gélido hálito.

Permitiré a mis carnes caerse, desparramarse y dejar como la fruta, esperar a que un tono amarillento o verdoso o violeta las decore, seré lienzo putrefacto, arte efímero, oda violenta a la vida, porque tú, él, los otros, espectadores de la vida, no han aprendido a amarla. No rehuyas de ella, permítele germinar en tí, extenderse por tu cuerpo, encenderse de verdad, ¡inceneremos nuestros conocimientos fatuos, nuestro orgullo desmedido, nuestra vanidad banal en la hoguera de la certeza mortal!

Le permitiré a mi abultado vientre florecer como un capullo, estallar en un fermentado festín para los gusanos convocados, ¡acérquense hermanitos, apresuren sus pasos al convite, nútranse de mi, los jugos están prestos, la carne ha sido cortada, la orgía dispone!

Vida, ven a florecer en mí, blánquea mis huesos, despojame las carnes, la grasa, la sangre y encuentra profundidad, trae contigo al gusano, a la mosca, al roedor, a los invisibles convidados, ábrete paso en mi, a través de cada poro, de cada hoyo, cava en mi piel, reviéntame, fertiliza el campo donde descasen mis despojos, extiéndete aun mas allá, pulveriza mis huesos, invita al viento, espolvoréame por el mundo, permíteme seguir viviendo de otro modo, en otro tiempo.

Amanecí inmortal. ¡cuánto amo la vida!

domingo, octubre 14, 2007

Niños y la guerra en Chiapas.

"Sus ojos no son como los de nosotros”

Con la nueva estrategia gubernamental de militarizar el país, por la supuesta “guerra contra el narcotráfico”, día a día la vida de cientos de niños, mujeres y hombres se ve trastocada por las fuerzas armadas con cuarteles y retenes fuera de sus casas. Para comprender qué significa esto, ¿quiénes mejor que los niños zapatistas de Chiapas? A 12 años de la entrada del ejército federal a su territorio, los niños y las niñas siguen expresando temor ante metralletas, tanques, helicópteros y soldados.

Desde la perspectiva de los niños de una cierta comunidad zapatista (que mantenemos aquí en anonimato), el llamado “retén militar” es un cuartel con pista de aterrizaje; barracas donde viven los soldados desde 1995, y puesto de control y revisión. Alrededor de él hay negocios clandestinos donde se vende alcohol y droga, algunas casas que alquilan cuartos para los turistas que llegan a pasear a la cascada y casas de prostitución administradas por gente ajena a la comunidad.

“Los guachos (soldados) viven ahí, ahí lavan, se bañan, juegan cartas” ROLANDO 11 AÑOS.

“Todas las noches ponen música, se ponen bien bolos (borrachos). Mi papá apaga la luz para que no sepan que estamos despiertos y quieran molestarnos” PATI 9 AÑOS.

“Cuando paso con mis hermanas y los soldados se están bañando, nos gritan para que los veamos, nos invitan a bañarnos con ellos (…), nosotras corremos” LETICIA 12 AÑOS.

“Traen a sus mujeres, son como sus esposas, pero cada semana cambian” ROSA 12 AÑOS.

Algo que vale la pena resaltar sobre el retén militar es que las tropas federales se renuevan cada mes, al parecer para que no crezca un lazo afectivo con las comunidades. Los niños hablan de estas diferencias de una manera muy particular, por lo que dicen sus mayores y por lo que ven:

“Dice mi abuelito que antes los guachos venían de comunidades pobres, ahora vienen de la ciudad” BETO 11 AÑOS.

“Los guachos son muy grandes, sus ojos no son como los de nosotros, parecen ciegos” SEBASTIÁN 10 AÑOS.

Cuando llegó el ejército a la comunidad, en 1995, los soldados venían de Chiapas, Oaxaca o Guerrero, situación que les permitía una cierta identificación con la gente, lo que provocó que hubiera muchas deserciones. Un abuelo nos contó que “los primeros soldados, capitanes incluso, se despidieron antes de irse y hasta les pidieron perdón”. Sin embargo, desde 1998 los militares que llegan a ocupar el cuartel son de estados del norte, como Chihuahua, Sinaloa, Sonora, cuyas diferencias culturales y físicas son tan marcadas que no existen puntos de relación.

“Cuando llegaron los soldados, nos tuvimos que ir a la montaña; mi mamá dice que estuvimos allá arriba como una semana, yo era tut alal (bebé) todavía, por eso tenía miedo y lloraba mucho; fue en febrero, hacía mucho frío” CRISTINA 11 AÑOS.

“Cuando llegaron hacía mucho viento, volaban aviones bajito, bajito; traían tanquetas, ametralladoras, disparaban al aire; todos corríamos, los priístas se encerraban en sus casas; nosotros nos tuvimos que huir a la montaña, nos querían matar” JULIÁN 12 AÑOS.

“Cuando regresamos de la montaña, dicen que mis abuelitos lloraron, los soldados quemaron todo, construyeron el retén en los solares de mis tíos porque sabían que éramos zapatistas y ahí siguen en nuestras tierras” JUAN MANUEL 11 AÑOS.

“A mi tío lo persiguieron los perros, unos perros negros que los soldados soltaban todas las noches. No podíamos salir de nuestra casa, ni encender velas, ni hacer ruido” MIGUEL 11 AÑOS.

“Antes de que llegaran los guachos, dice mi abuelito que tranquilo caminabas por la montaña, no había carretera; sí pues, se necesitaba la carretera para sacar los costales de café, pero no se necesitaban soldados” BETO 11 AÑOS.

A pesar de que para muchos niños el retén y los camiones militares forman parte del paisaje de su comunidad, son un referente de agresión al que no pueden acostumbrarse.

“Yo estaba muy chiquito, pero me acuerdo que para ir a la milpa teníamos que caminar mucho por un camino largo de tierra blanca, finita (…) y los soldados ya estaban ahí, apuntando con sus armas” ROLANDO 11 AÑOS.

“Cada mes cambia la tropa, llegan un chingo de camiones llenos de soldados; cuando pasan mi hermanito Milo se asusta y se esconde en la leña” JOSUÉ 9 AÑOS.
Suplemento La Jornada del Campo. 9 de octubre de 2007 Número 1

jueves, octubre 11, 2007

La tumba.

Despuntaba el alba camino a la milpa. El temporal había sido bueno, abundantes lluvias reverdecieron los plantíos, altivas matas de maíz se levantaban mirando al cielo, como antiguos monolitos semienterrados en la tierra, mudos testigos del ciclo de la vida. Su fiel compañero hurgaba aquí y allá los rastros del tlacuache, de las liebres, de los hurtadores pasos ajenos que acuden cuando la noche está quieta. Laborioso se fue alejando con su alegre trote habitual.



En su mirada se concentraba el tierno verde mientras una sensación de orgullo se le formó en el pecho en forma de un vuelco del corazón. La amenaza de sequía le había quitado el sueño de interminables noches y esa mañana sus marchitas esperanzas semejantes al quelite se renovaban. La gente de razón se había equivocado, con todas sus letras y estudios, con toda su ciencia, no habían sido capaces de adivinar el clima, se han olvidado de las nubes, de la dirección del viento, del color de la luna, de la pequeñez de las hormigas, se olvidaron de observar el transcurso del tiempo. Todo lo quieren rápido, no tienen paciencia, no escuchan la voz del viejo.



De regreso a casa lo encontró tendido en la carretera. Ninguna lágrima escurrió por sus resecas mejillas, ninguna exclamación brotó de sus labios, antes bien su rostro endureció sus facciones. Se inclinó muy lentamente ante aquél cadáver cotidiano, ajeno al mundo sacó de su morral una soga vieja y con cuidadoso respeto, con gratitud y serenidad ató aquel cuerpo deformado en un arrebato de violencia.



Sus débiles piernas avanzaron con dificultad, se notaba el cansancio de sus huesos en su marcha fúnebre. El sol comenzó a calentar con potencia y el lodo que dejaron los recientes días de lluvia se secaba gradualmente para teñirse de rojo pardo, detrás de él un largo rastro de sangre le devolvía las fuerzas a la tierra, la involuntaria ofrenda atrajo desde lo alto, la certera vista de los zopilotes que comenzaban a planear en círculos, como un torbellino lento, pesado, mortuorio.


Cuando pasó a mi lado evitó el saludo, cavilando en sus propios pensamientos se siguió de largo y se internó en el monte que se formó detrás de mi casa, ignoro si lo hizo al azar, si ha sido premeditado, si sus pasos actuaron automatizados, o si fue el destino quien le ha traído hasta mi con los despojos de su historia. Sin pudor ni vulgares sentimentalismos desató el cuerpo inerte y sin prisa se dio media vuelta vislumbrando el retorno al camino, esta vez apoyado de una vara que le sirvió a manera de bastón, y en ese momento me pareció aún mas viejo. Desde entonces el cadáver en el zacatal se descompone en el traspatio de mis memorias muertas.